martes, 7 de junio de 2016

Contribución a la crítica de la verdad periodística (Claudio Uriarte)

[Publicado originalmente Revista La Caja, Abril-Mayo 1993]



Un demócrata de vieja cepa no pediría hoy libertad de prensa, sino libertad respecto de la prensa”.
Oswald Spengler, La Decadencia de Occidente (1922)

Los diarios, semanarios, quincenarios y demás ediciones periódicas son publicaciones que sólo deberían salir de vez en cuando. El concepto mismo de periodicidad es lo que debe ser críticamente puesto en duda, tanto más en un mundo en el que el periodismo ha adquirido la legitimidad autorreferente y tautológica de un poder que se encuentra más allá de todo cuestionamiento, y en una sociedad en la que el periodismo ha sustituido efectivamente a la metafísica, la filosofía, la ideología social, la discusión de las ideas y hasta el mismo arte. Se diría que, a medida que estas disciplinas mueren como preocupaciones sociales, el periodismo las vampiriza para capitalizar sus desechos bastardos, como una inconsistente y cambiante ciencia de híbridos que reciclara todo pensamiento para volverlo lugar común, o bien lo acepta sólo cuando éste se había vuelto cliché. El periodismo no sólo sería colección de los fragmentos rotos del gran edificio de la historia, sino basurero de los pedazos en que se ha desmoronado toda reflexión sobre ella.

El periodismo ha otorgado legitimidad a una idea cuya única verdad son los ritmos de reproducción de la fuerza de trabajo de la productividad alienada: la noción de que el tiempo transcurre en períodos de 24 horas por día (o de una semana, o de un año). Los hechos, ante los que el periodismo se comporta como si fuera un recipiente hueco y neutro, se acumulan analizan y desmenuzan en sus prolijos compartimentos temporales como si fuera él lo que les diera forma, y cada tanto se publica un “balance semanal” o “mensual” o “del año” como si el almanaque fuera lo que verdaderamente definiera los límites, la duración y la mecánica de los procesos, y en inconsciente pero perfectamente consistente reproducción de la práctica de la empresa capitalista que a fin de año realiza su “memoria y balance”: se hace un equilibrio de entradas y salidas, de ingresos y deudas en la gran fábrica de procesamiento de la información (que es la materia prima de la que viven estos medios), y en esto se destruyen la idea de historia y el concepto de proceso histórico en el mismo momento en que los periodistas, con paradójica e involuntaria ironía, y como si quisieran curarse en salud del mismo sistema de banalización e intrascendencia a que los lleva su oficio, adornan su producción con adjetivos como “histórico”, “trascendental” y “sin antecendentes”, en parte porque la memoria de la que viven es breve, ignorante, aconceptual y fenoménica, y en parte porque necesitan volver a despertar permanentemente la atención de un proletariado intelectual de lectores abúlicos, convencerlos de repetir la compulsión de consultar el diario cada día. Sin duda, hay que preguntarse si es el periodismo el que destruye la historia o meramente refleja esta destrucción; si la historia misma no se ha vuelto periodística, mecánica y cuantitativa (en cuyo caso el periodismo sería su espejo fiel y funcional, a lo sumo un auxiliar privilegiado de sus medios de reproducción) y fundamentalmente debe aclararse una división metodológica: si se cree en un concepto de historia como universal, con sentidos, procesos, organicidad y lógica propias o si se la considera como un mero receptáculo de hechos. La posición de este artículo es la primera: si la posición del lector es la segunda, abandone la lectura y vaya a comprar el diario.

La irracionalidad del periodismo puede mostrarse con un extremo de su propia práctica; la necesidad, cuando se trabaja un domingo -día generalmente pobre en noticias- para el matutino de un lunes, de exagerar hechos de importancia secundaria para que justifiquen los títulos de un diario, si el domingo en cuestión no ha tenido acontecimientos deportivos importantes. Vale decir que el criterio que manda es el formato del diario, su diagramación, su espectáculo y su propuesta de lo que constituye un día, principio por otra parte idéntico al que rige en los días de más noticias, cuando éstas deben ajustarse a la pauta publicitaria o “forzarse” ligeramente con estratagemas de estilo: “Quedan 48 horas para el vencimiento del ultimátum, “Serían inminentes definiciones sobre la crisis planteada”, “Primera visita del Papa a Benin” o “La recesión más grave en doce años”. El Guinness Book of Records es el pobre sustituto para los instrumentos de valorización y jerarquización de hechos que sólo puede proveer una filosofía de la historia. Incluso cuando ocurren acontecimientos verdaderamente importantes y novedosos, ya es difícil distinguirlos en esa rutina tipográfica, por más que se apele a titulares catástrofe. Y se aplasta toda proporcionalidad: la seudonoticia de un día cualquiera se infla para que luzca importante; la noticia importante se comprime y achata para que acate el formato del diario. El periodismo comprime el rango dinámico de los acontecimientos, del mismo modo que la música funcional apaga los extremos para compatibilizar a Mozart, Louis Armstrong y Prince.

Actualmente, es cierto, las publicaciones periódicas se han desprendido un poco de estas herramientas primitivas y en lugar de exagerar información abordan temas específicos de actualidad en forma monográfica, publican seudoensayos y ofrecen investigaciones de carácter relativamente intemporal que justifiquen la edición. Sin embargo, y bajo el pretexto de jamás discontinuar el servicio de informar al público, estas nuevas técnicas terminan confiriendo al periodismo una inusitada autonomía respecto a la noticia: el periódico mismo se vuelve protagonista de los hechos y hasta el mismo hecho; su misma existencia resulta noticia. Sin que se note mucho, comienza a cerrarse el círculo de un gesto esencialmente autoritario, de una actividad con capitales, jerarcas, especialistas y reporteros que esencialmente se han nombrado como autoridades a sí mismos, y que se legitiman en la sociedad por el solo hecho de la repetición: cualquier firma reimpresa con frecuencia en un periódico puede convertir al portador en un experto, por lo mismo que decía Joseph Goebbels que la gente creería cualquier cosa si se la repitiera suficientes veces.

El hecho que hay que reprocharle al periodismo no es su frivolidad, su inconsistencia o sus faltas a la verdad, sino que él mismo, por su propia dinámica, es una falta a la verdad, es la versión degenerada de la historia de una sociedad que ha renunciado al concepto de verdad. Al periodismo hay que reprocharle que existe.

Izquierdismo profesional

La dificultad para analizar críticamente este poder radica en un bloqueo conceptual que se encuentra en los dispositivos fundantes del pacto democrático: el proyecto del periodismo como colaborador de la Ilustración, como socializador de ideas, noticias y tendencias y como agitador del iluminismo, la cultura y la información después de siglos de oscuridad y opresión. El periodismo dispuso siempre de una intensa filiación jacobina, que puede rastrearse tangencialmente por el hecho de que en él tradicionalmente encontraron refugio artistas, escritores, intelectuales, contestatarios y desclasados, y que es el hilo que lo conecta al volante político, al cartel callejero y a la pancarta de masas: vendría a ser algo así como el house organ de la sociedad civil. El prestigio iluminista del periodismo se remonta a la historia preburguesa, cuando no sólo se impedía la información, sino la misma alfabetización, donde la cultura era restringida y donde todo saber se correspondía a un determinado poder de clase. El periodismo, en las épocas en que la Iglesia todavía dominaba la cultura, en que la burguesía estaba lejos de desplazar a la nobleza y los señores feudales, hubiera resultado una idea intrínsecamente subversiva, y en la época de la Ilustración y de la burguesía acompaño decisivamente cada avance. El periódico resultaba político por el solo hecho de existir.

Hay una sorprendente continuidad constitutiva respecto a estos orígenes, en una época en que la Ilustración ya no es subversiva, en que el poder quiere alfabetizarnos a todos, pero sólo para que leamos sus órdenes. El periodismo, que recién ahora logra desprenderse un poco del estigma de sus orígenes lúmpenes, siempre ha dependido para sostenerse de la producción de noticias, que en el glorioso pasado eran la verdad, las armas, las redes y las contraseñas de la sociedad emergente y que ahora son las células en las que coagula la descomposición del tiempo. Las noticias son quiebres de la continuidad, son rupturas, anomalías y anormalidades; como decía un veterano Secretario de Redacción argentino a sus subordinados, “la noticia es el hombre que muerde al perro”; y es natural que los más indicados para encontrar, investigar y develar esas noticias sean contestatarios, marginales y desposeídos, que ansían ver en cada sacudón una ruptura y una crisis del poder: “Los mejores diarios de derecha -decía otro experimentado periodista argentino, en las épocas de represión- se han hecho siempre con redactores de izquierda”. Se puede decir que la noticia, punto aislado del decurso de las cosas, y que el periodista debe desentrañar para encabezar una nota, tiene una vida paradójica: los periodistas la anuncian o la denuncian, como si fueran los detectives sociales que descubrieran la verdad de un jeroglífico de múltiples significados posibles, pero que entretanto el público lector la recibe como estructuralmente ajena, como lo que “le pasa” a él y como constatación de su propia inactividad histórica.

El periodismo, de esta manera perfectamente diabólica, tiene para sí lo mejor de los dos mundos, come su torta y se queda con ella, repica y anda en la procesión: al mismo tiempo que está legitimando la pseudohistoria de la productividad burguesa, absorbe, neutraliza y capitaliza para sí a los ingenuos redactores de la izquierda que de otro modo quizá se opusieran a ella, y que en lugar de eso se sienten heroicos, orgullosos y provocativos por el hecho de “llegar” al público con una supuesta verdad liberatoria y desmitificante, lo que antes tenía que ver con propósitos de agitación revolucionaria pero ahora se identifica cada vez más con la vanidad más egocéntrica y frívola, y en realidad sirve solo a los propósitos de los poderes que organizan carcelariamente el tiempo. La masa lectora no es inocente de esta pantomima: el lector sigue y admira a su periodista rebelde y contestatario y cada cosa queda en su lugar, en el diario que ha dejado de ser agitador y movilizador para convertirse en una simulación congelada de enfrentamientos, tendencias y dinámica social, y en maqueta de un Parlamento abierto dentro de una sociedad ideológicamente cerrada: The New York Times, por ejemplo, suele publicar en su página de opinión artículos antagónicos sobre un mismo asunto, lo que a primera vista abre el arco de disenso democrático pero visto más de cerca fija los límites del enfrentamiento y de la oposición posibles.

Iluminista primero, el periodismo se volvió izquierdista a los ritmos de la historia del socialismo, el marxismo, la socialdemocracia y el revolucionarismo leninista. Anarquistas, contestatarios y socialistas primitivos tuvieron a la palabra escrita en el mismo lugar de trascendencia social que el iluminismo burgués; Marx y Engels, como lo prueban El 18 Brumario de Luis Bonaparte o el Manifiesto Comunista no desdeñaron formas periodísticas o semiperiodísticas; la socialdemocracia alemana era notable por su erudición, sus periódicos, sus bibliotecas y sus archivos; la teoría revolucionaria de Lenin proponía que el “organizador colectivo del Partido” fuera nada menos que un diario, aptamente llamado Iskra (La chispa) -el incendio revolucionario iluminaría la oscuridad rusa- y Trotsky relata en sus memorias con estremecimientos casi sensuales el placer que le causaba abrir el diario del día. El periodismo, de hecho, fue a menudo la ocupación “burguesa” del revolucionario profesional, tanto un vector de agitación como un medio de vida.

El periodismo disfruta así de un prestigio un poco tramposo, que consiste en haber sido la oposición de anteayer. El anacronismo de sus laureles consiguió un maquillaje de lustre rejuvenecedor en las últimas décadas de este siglo por haber librado un revival de la lucha entre Ilustración y oscurantismo en sociedades y regímenes políticos suficientemente atrasados, anacrónicos, cerrados en sí mismos y radicalmente débiles como para construir su idea del Estado en la imagen de una fortaleza asediada, tales como las sociedades de planificación estatal del viejo Este (o, para el caso, la dictadura militar argentina).

La incapacidad de estos regímenes para legitimarse, su necesidad de controlar cada aspecto de la vida social, su identificación del poder con el dominio sobre lugares físicos concretos, dio al enfrentamiento entre la Ilustración universal televisada y la realidad local el aspecto de una guerra de posiciones librada con armamentos anacrónicos, como si fuera posible defenderse de misiles nucleares con ballestas. Se puede argumentar que, más que la amenaza armamentista o tecnológica (que sólo pesó en la conciencia de los dirigentes) fueron Radio Europa Libre y las emisiones televisadas de Europa Occidental lo que acabó con los regímenes del Este, y no por su propaganda ideológica propiamente dicha sino por simple difusión del modo en que eran las cosas en el resto del mundo. La caída del Muro de Berlín fue un simulacro posmoderno de la toma de la Bastilla: el triunfo del hombre común contra las utopías, la irónica victoria final del buen soldado Schweick. Los periodistas, situados en este escenario, parecieron volver a brillar por un rato a la luz de las lejanas llamas de la Revolución Francesa, y terminaron de cumplir su papel vendiendo como nueva una ideología vencida. La cuantitativización del desarme político, militar, social y moral ganó la escena como “el menor de los males posibles”, y se impuso la democracia en la acepción borgeana como “abuso de las estadísticas”, ya que las estadísticas son un recuento de cuerpos inmóviles.

Avanzaba la normalización “final” del mundo, su sujeción eficiente a la lógica del mercado económico y político, y los periodistas, que antes habían actuado como instancia de iluminación contra el poder, ahora le sostenían la linterna y prodigaban su elogio: no por nada Bernard Shaw, anchorman de la cadena norteamericana de noticias CNN, abrió su cobertura del inicio de los bombardeos norteamericanos contra Irak, una noche de 1991 con la memorable frase: “Los cielos sobre Bagdad han sido iluminados”.

El periodismo es el departamento de agitación del iluminismo convertido en proyecto opresivo tal como lo denunciaron Adorno y Horkheimer en 1947: se diría que los estados mayores periodísticos han leído y estudiado la Dialéctica del Iluminismo, pero esta vez como manual de instrucciones. El iluminismo como sistema de dominación implica un fuerte contenido de positivismo y de materialismo vulgar, donde las únicas cosas que se nombran son las que existen “objetivamente”, cada cosa que existe tiene sólo por eso la dignidad de una verdad, “la única verdad es la realidad”, la especulación está prohibida y se debe callar de aquello de lo que es difícil hablar. El iluminismo se convierte en los focos de un benévolo campo de concentración universal, de satélites y radares que no sirven tanto para esclarecer como para controlar, fijar, situar, inmovilizar, detener, cosificar, contabilizar. Y la alianza del iluminismo opresivo con el periodismo consiste en la tarea de desencantar, desublimar y destruir cualquier trascendencia que se aparte de la lógica del mercado, de su impersonal sistema de equivalencias, pesas y medidas. La ideología de esta alianza es el progresismo.

La relegitimización moderna del periodismo como agente iluminista comenzó en las sociedades desarrolladas con el escándalo de Watergate en 1972, que elevó al periodista a la posición de fiscal y terminó con la caída del presidente Nixon. La investigación, el exposé y la denuncia se pusieron a la orden del día, como si fuera un intento de sustituir con inofensivos ataques a figuras del sistema la reprimida y en el fondo añorada potencia de reflexión crítica, y el periodismo empezó a verse crecientemente a sí mismo como según el argumento cinematográfico del inconformista y solitario reportero que libra contra poderes inmensos y siniestros una batalla desesperada, quijotesca, pero finalmente triunfante. Los periodistas supieron aprovecharse muy bien del fuerte momento de paranoia universal del hombre común desposeído y alienado, alentaron toda su desconfianza hacia las instituciones y luego se propusieron como la institución de reemplazo, como su agente jacobino y como su Robin Hood. Que haya políticos que mientan siempre resultó muy ventajoso para el periodismo, ya que entonces eso quiere decir que la prensa dice la verdad. El crédito de los periodistas creció, como si fuera un voto de protesta contra el Establishment, aunque éste en el fondo daba la bienvenida a las operaciones de limpieza correctiva del periodista disfrazado como justiciero popular. Los cínicos se consolaron: si la gente ya no creía en los políticos, por lo menos con los periodistas seguía creyendo en algo. La intervención revelatoria y denunciante del periodismo también fue decisiva para la terminación de la guerra de Vietnam, a tal punto que muchos generales pensaron que la guerra se había perdido en los aparatos de TV en los living-rooms de los hogares de Estados Unidos (El izquierdismo sesentista coloreaba todo esto en un rosado pálido).

Una modesta proposición

El periodismo siempre se vinculó al poder, expresándolo, deseándolo o queriendo destruirlo; siempre encontró referencia en el Estado, y se postuló como una especia de Estado ideal. Sin embargo, la imbricación del periodismo con el poder después de cumplidas las revoluciones burguesas mostró que la relación no era unilateral ni simple y ahora ya es lícito preguntarse quién condiciona a quién, si el poder formal al periodismo o viceversa, o si el periodismo no ha trascendido en realidad ya al poder formal, y no será como fuerza dominante de la ideología y conciencia, el espacio del poder real.

La dependencia del poder democratizado respecto de la opinión pública depositó una fuerza inédita en manos de los periodistas, que empezaron a ser cortejados y manipulados por un poder oficial que encontró que la vida sin el periodismo era imposible: los funcionarios del Pentágono, por ejemplo, filtrarían a la prensa secretos del gobierno para desequilibrar a su favor una puja interna; los presidentes empezaron a calcular la hora de su discurso de modo de poder “hacer” o evitar las noticias televisivas en la hora de mayor audiencia; los políticos y candidatos programaron sus actividades de modo de usurpar el mayor espacio gratis posible de TV, y los jefes de Estado ya aparecen hoy en los avisos de la CNN diciendo: “Me enteré de la noticia por CNN”. Las grandes negociaciones internacionales se han vuelto torneos por la opinión pública: el poder ha perdido la máscara hermética y enigmática del pasado para convertirse en un conversador compulsivo y en un incontinente chismoso crónico sobre sí mismo.

La manipulación periodística del público se disfrazó en los Estados Unidos de objetividad por medio de un montaje que organizó ideológicamente la noticia mediante una sucesión planificada de golpes emocionales; algo similar hicieron con la prensa escrita donde el ordenamiento de los párrafos, cada uno de los cuales no suele contener más que un solo hecho, se programa para generar determinada deducción. El extremo opuestos se encontró en Francia, donde el periodismo montó un espectáculo de su propia importancia por medio de una intrascendente y vacua cortina de palabras bien fraseadas, en una verborragia seudoensayística y seudoliteraria. El periodismo inglés eligió la forma tal vez más honesta: contar los hechos al tiempo que se opina explícitamente sobre ellos.

La rebelión contestataria contra estas formas más o menos tradicionales y estabilizadas fue el llamado “nuevo periodismo” de los años ’60, una cruza del reportaje con la sensibilidad del autor y con la literatura, que en su forma más exitosa partió en realidad de escritores que usaron técnicas del periodismo y hechos reales para construir obras de literatura a secas (Los ejércitos de la noche, de Norman Mailer, o A sangre fría, de Truman Capote) y que en su versión más pedestre terminó bastardeando tanto periodismo como literatura, ya que sus practicantes eran periodistas y escritores frustrados cuya idea de la literatura, la subjetividad y el estilo no iban mucho más allá de la novela negra o el bestseller de espionaje, y entonces abrían sus notas con cosas como: “Eran las 4 PM. El presidente golpeó la mesa y descerrajó: ‘¡Carajo!'”.

La literaturización, a pesar de estos inicios tentativos (siendo más un rechazo de los establecido que una clara orientación sobre a dónde se quería ir), avanzaría no obstante, como tendencia de época, y llegaría a recorrer con el tiempo el camino desde rebelde outsider a figura consagrada del sistema. Sin duda, algo de ella se había insinuado en clásicos como la revista Time (con su estilo colorido y cinematográfico) e incluso en Primera Plana y otras revistas argentinas de actualidad de los ’60, pero se trataba de productos donde lo político era preeminente y lo literario decorativo, exactamente lo opuesto a lo que ocurrió después. A partir de cierto momento (supongo que entre los ’70 y los ’80) los jefes del periodismo empezaron a darse cuenta de que había que tratar de interesar al lector por métodos nuevos. Ya legitimizado el tiempo productivo, ahora se trataba de entretener y seducir al público, de contarle una maravillosa historia. La última decisión del presidente podía ser perfectamente aburrida, pero no si se contaba cómo estaba vestido, qué chistes hizo y cómo trató a sus ministros. Apareció la cholulez (degradación del snobismo) como método de conocimiento, consistente en la apariencia de violar mágicamente el tabú de la intimidad del poder para dejarlo reforzado después de un breve instante de voyeurismo por interpósita persona periodística, por el que el periodista también recibe cierto lustre residual de “insider”. Las noticias se novelizaron, las notas se convirtieron en capítulos de un incesante folletín.

Un izquierdista ingenuo de los años ’60 podría haber dicho que este era un nuevo instrumento del poder para distraer a las masas de sus tareas históricas, pero la verdad era mucho más evidente, deprimente y temible: se empezó a literaturizar el periodismo para disimular que en realidad no pasa nada. Terminadas la revolución y la oposición, que producían noticias que hubiera urgido conocer en cualquier formato y estilo, el periodismo debió brindar una ficción sustitutiva de actividad histórica. Si la prensa reconociera que no pasa sustancialmente ninguna cosa nueva, si honestamente se llamara a silencio ante la desaparición (que ella misma alentó) de los procesos históricos, a lo mejor el entero sistema de dominación colapsaría por aburrimiento. La gente, que cada vez se habla menos, tiene al diario como pretexto de conversación y pasatiempo del tiempo vacío: información y crucigrama se tocan. La idea del “fin de la historia” escandalizó menos por su audacia o por su procapitalismo que por el secreto temor que todos tenían de que lo que Fukuyama decía pudiera ser cierto: necesitaban callarlo aún antes de entender lo que decía, y en ningún ámbito esta reacción fue más virulenta que entre los periodistas, que se lanzaron a esgrimir sucesos irrelevantes a la tesis -la guerra del Golfo, la desintegración de Yugoeslavia- para rebatir a un antagonista que les hablaba desde el concepto hegeliano de historia.

La gente ya no es culta: es informada. Las conversaciones se vuelven intercambios de cocktail, pases de salón, slogans de estúpidos de Flaubert, contraseñas universitarias mal aprendidas. La capacidad de atención y concentración disminuye. Cualquier intensidad es tachada de “autoritaria”, “terrorista” o “loca”. La filosofía universal es el escepticismo vulgar, el cinismo de barrio. Ya no se sabe leer de verdad: los alumnos de literatura, que en su gran mayoría solo aspiran a volverse apparatchicks de la nomenklatura universitaria, aprenden solamente los fragmentos, las citas y los códigos para pasar los exámenes, y reciben una estructura conceptual cuya frigidez, desapasionamiento y además de necia superioridad analítica frente al objeto jamás les permitirá, por ejemplo, conmoverse con Madame Bovary o reírse con Bouvard y Pecuchet; antes tendrán que hacer la autopsia semiológica y descubrir dónde están el significante, el sintagma y el rizoma, de modo de poder continuar arruinando la sensibilidad de las generaciones venideras. La carrera en boga es Ciencias de la Comunicación, un híbrido que las chicas de barrio estudian para llegar a ser, precisamente, periodistas, como antes estudiaban corte y confección y después quisieron ser psicólogas. Textos con la demanda, la devolución y la riqueza de En busca del tiempo perdido o El hombre sin atributos están fuera del alcance para una generación cuya idea de la duración está formada por el videoclip, y cuya ambición verdadera es tener algún quiosquito de poder. Invirtiendo una frase de los años ’60, habría que desconfiar preventivamente de todos los que tengan menos de 30 años, ya que no vivieron la valentía, la generosidad y el arrojo de las épocas en que la historia parecía viva. Y el destino inevitable de esta época y de esta generación termina siendo el periodismo, que ya organizaba las cosas de este modo antes de que fueran así. Con el tiempo, todo el mundo será periodista, en potencia o en acto.

La resistencia es difícil, y probablemente sin esperanzas. Sin embargo, el sistema, por la misma lógica de su sobreextensión totalitaria ha dejado libre un espacio: la posición del disidente, única figura de oposición posible en una sociedad sin oposición. El disidente es el problemático opositor en sociedades de totalitarismo consensuado, sea en su vieja versión, policial y oscurantista (viejos regímenes del Este) o en su formato iluiminista, progresista, reluciente y moderno. El disidente tiene fundamentalmente un “contra qué” estar, no necesariamente un “para qué”. El disidente correctamente carece de esperanzas en el “proletariado” o el “pueblo” (una manga de canallas con vocación de informantes policiales), pero no cede al consuelo del colaboracionismo progresista y se mantiene en su reflexión crítica solo, estoicamente, le cueste lo que sea, como si fuera un iluminista de nuevo tipo; quizás (para parafrasear libremente a Adorno) como un iluminista negativo.

Ya no es posible reeditar el Iskra, pero sí consumar una modesta proposición: el “diario” aperiódico, que debería salir sólo de vez en cuando (cuando hubiera novedades, cuando hubiera algo nuevo que decir), que resistiera toda lógica y presentación de mercado, renunciara a toda homogeneidad ideológica y se propusiera y circulara como consigna y como forma de reconocimiento y supervivencia de una diáspora de individuos anónimos, asilados y dispersos. El “diario” aperiódico, periódico del antiperiodismo, quizá ni siquiera debería tener nombre.

jueves, 10 de marzo de 2016

La larga agonía de la Argentina peronista... y radical





Con la agudeza que a veces lo caracteriza, el inefable Jorge Asís comenzó a afirmar que la administración de Mauricio Macri es, en realidad, "el tercer gobierno radical". 

Toda la novedad introducida por el PRO y Cambiemos que impacta a propios y extraños se pone en cuestión ante las comparaciones históricas y sus bases estructurales.

Dice Carlos Pagni en su columna de este jueves: "La derrota del peronismo determinó una nueva configuración de la política".

Más adelante agrega: "Los gobernadores ofrecen el mismo pacto. Gobernabilidad a cambio de autonomía federal. Por eso exigen que la Nación restituya a la masa coparticipable de impuestos el 15% que se deriva a la Anses. Macri aceptó una devolución progresiva en cinco años. Lo que parece un trueque burocrático encierra un problema central de los caudillos peronistas: cómo garantizarse los recursos para enfrentar a los candidatos que apoyará en sus distritos el gobierno nacional el año próximo. Detrás de la discusión sobre el reparto de la plata está el conflicto sobre el reparto de los votos."

Luego remata: "Macri debe pulsear para que el PJ no logre su máximo objetivo: un país de provincias ricas y gobierno nacional pobre."

En 1994, Tulio Halperín Donghi escribía lo siguiente sobre el gobierno de Alfonsín: "Pero lo más grave no era que esa táctica ambiciosa no diese los esperados frutos políticos: ella contribuyó más que ningún otro aspecto de la gestión gubernativa al fracaso del Plan Austral, de cuya suerte toda la experiencia radical dependía mucho más de lo que el doctor Alfonsín parecía advertir. En efecto, esa táctica impuso una constante hemorragia de fondos federales, primero para ganar el favor de las administraciones provinciales peronistas, de las que dependía el mantenimiento de un clima favorable en el Senado, y luego para disuadirlas de llevar la oposición hasta extremos inmanejables. Aún en el plano estrictamente político, esa táctica, que sometía al gobierno a una extorsión permanente (así, era un secreto a voces que la benévola neutralidad del poderoso clan Saadi debió ser comprada varias veces, y no sólo con un trato generoso para la provincia de Catamarca que era su feudo), se reveló contraproducente. 

Mientras el gobierno federal llevaba adelante un esfuerzo heroico -y por varios motivos sorprendentemente exitoso- por reducir la incidencia del déficit fiscal (y, como se verá enseguida, daba con ello fuerza a la protesta sindical) y esperaba de las administraciones radiales que no lo abrumaran con sus exigencias (con lo que las preparaba mal para las pruebas electorales que se avecinaban, con consecuencias particularmente catastróficas en la decisiva provincia de Buenos Aires, cuya conquista por el radicalismo, que constituyó la mayor sorpresa de 1983, había asegurado entonces el triunfo de Alfonsín), los peronistas usaban los frutos del sacrificio ajeno para ampliar enormemente el personal de sus administraciones provinciales".

Lo de los esfuerzos "heroicos" se debe seguramente a cierta deformación profesional, que busca introducir cierta épica hasta en el más opaco de los hechos históricos.

Luego explica como esta situación fue aprovechada por Menem en detrimento de Angeloz.

Parece que lo tremendamente "nuevo" de la nueva configuración política, tiene mucho de viejo y la verdadera novedad que es más viejo aún.

Y es bueno recordar que ese ensayito de Halperín Donghi fue escrito para explicar "La larga agonía de la Argentina peronista". Por lo tanto, los que están en frente tampoco están, como se dice, "para tirar manteca al techo".

miércoles, 17 de febrero de 2016

Macri, Onganía y la "devaluación perfectamente descompensada"





El libro "Los compañeros. Trabajadores, izquierda y peronismo. 1955-1973" de Alejandro Schneider analiza la dinámica de la lucha obrera en todo ese periodo, incluido, lógicamente, el gobierno de Onganía.

Cuando describe el programa económico de la autodenominada "Revolución Argentina" (tanto anterior como posterior al nombramiento de Krieger Vasena como Ministro de Economía), se encuentran muchas similitudes con el plan de Macri: "modernización y eficientismo" en el Estado, es decir despidos; apertura de la economía y quita de todo tipo de protección a la industria nacional; devaluación; aumento de tarifas y renovación de deuda con el FMI.

Sin embargo, además de las distintas condiciones internacionales; el plan de Krieger Vasena tenía una diferencia específica no menor: la devaluación del 40% fue, según la definición de Juan C. de Pablo "imperfectamente compensada".

La herramienta de esta imperfecta compensación fue… la "aplicación de impuestos a las exportaciones tradicionales" (hoy más conocidas como "retenciones"), además de la baja de impuestos para la importaciones.

Como parte de su plan antiinflacionario (que tuvo cierto éxito coyuntural), el liberalismo militar reinstaló las retenciones para evitar que sumen presión a la disparada de los precios.

Macri bajó las retenciones a la soja y las eliminó para el resto de las exportaciones tradicionales, por lo tanto su devaluación sería "perfectamente descompensada" (de combinación explosiva con todas las otras medidas inflacionarias). El temprano "descontrol" de los precios parece confirmar que el modelo empieza un poco "descompuesto". 

Ahora buscan una especie de “morenismo soft” (con “precios webeados”, nuevo Indec dibujado y control “civilizado” de la competencia con la creación de una Comisión de Defensa de la Competencia, que amenaza con tener menos éxito que el “control militante”).

Macri esperaba que con una orientación market-friendly desatada, la lluvia de dólares e inversiones caería sobre el país, pero el mercado mundial, hasta ahora, tiene cara de pocos amigos.

El peso relativo de la burguesía agraria (con la desindustrialización pos-dictadura y neoliberalismo, y la tecnificación del campo) cambió seguramente desde aquellos años a hoy. Pero Macri fue corriendo a cumplir lo pactado con la "zona núcleo" del campo argentino (eliminar y bajar retenciones) que a la vez fue el núcleo duro de su base electoral. Compensar a su electorado al “precio” de empujar aún más la “descompensación” de la devaluación (que es descompensada por naturaleza, pero si además se la ayuda…).

Parece que hasta la Revolución Argentina (a la que, no hay que olvidarlo, se la llevó puesta el Cordobazo con “compensación” incluida) tuvo más pruritos "nacionalistas" o “dirigistas” que la pragmática "revolución de la alegría”.

Ahora dicen que bajar la inflación tardará años y a dos meses de tomar las riendas de la administración, la CEOcracia fanáticamente liberal mira crecer los precios desde abajo.   


  

jueves, 28 de enero de 2016

Cero a la derecha

El dossier de la revista Panamá sobre Claudio Uriarte y su Almirante Cero, junto a la lectura del libro, inspiraron este post.  



Almirante Cero de Claudio Uriarte puso en cuestión en los tempranos años noventa las distintas historias oficiales en torno a la última dictadura militar.

La historia narrada por la síntesis de los discursos y condenas de los organismos de derechos humanos, y la historia de quienes por derecha defendían a los jerarcas militares que supuestamente habían salvado a la Nación y evitado su ruina eterna.

Hay un primer mérito del libro de Uriarte: la demostración de que hasta en los años en los que parecía que el poder emanaba mecánicamente de la punta del fusil o de las mazmorras de los centros clandestinos, la política actuaba y sus leyes regían hasta a los hechos armados. La dictadura fue la continuación de la política por otros medios ("decretos de aniquilamiento"). No se suspendió la política -como comúnmente se cree-, sino que se la llevó a cabo por medios que contenían episodios de guerra civil.

El Cordobazo abrió un periodo de aguda lucha clases que se transformó en lucha política y una experiencia colectiva que desafió seriamente al régimen del capital y tomó la forma de una “guerra sucia” contra un enemigo común: la clase obrera.

Las organizaciones guerrilleras podían ser un casus belli (Uriarte dixit) para el plan genocida, pero no su fundamento último ni esencial. No irrumpió una sociedad que enloqueció de soberbia y quiso resolver sus problemas a los tiros, sino un serio riesgo de que las clases dominantes perdieran sus privilegios. Los agentes militares pusieron la casa en orden y a cada uno en su lugar. En este punto Uriarte fue precursor de un “cuarto relato” que emergió unos cuántos años después.

El segundo acierto del libro es que detecta el punto ciego de cierto “derechohumanismo”, las contradicciones de su propio discurso y hasta de sus demandas. Un movimiento valiente y progresivo que con el motor de la búsqueda de justicia por sus muertos denunció y desnudó el terror al que puede recurrir el Estado, identificó a sus responsables y habilitó los juicios. Sin embargo, la igualación del hombre abstracto con derechos universales no explica la configuración concreta de la sociedad dividida en clases. La sociedad en la que el trabajador sabe que sus escasos derechos terminan donde empieza una constitución entera al servicio de la propiedad privada. La misma que anula la democracia en el “estado de excepción” que gobierna con mano de hierro en el territorio de la tiranía fabril (o empresarial). De esa sociedad emergió el llamado “Proceso” y encontró raíces en sus derrotas, en sus errores y en las tragedias de sus intentos revolucionarios. Esa experiencia de poco más de un lustro, que vista desde hoy puede considerarse el último gran “ensayo general”.

La descripción de la dialéctica de la victoria en la derrota (y viceversa) es el tercer notable aporte de Almirante Cero. Alfonsín como el mejor producto político civil de la dictadura militar, es decir, de Massera. Audaz.

El militante reconvertido en ciudadano como el resultado de la encarnación de una “democracia de la derrota”. El triunfo de la democracia sobre el fracaso de la revolución: una democracia pos-contrarevolucionaria.

El ciudadano que autocensura sus aspiraciones y no imagina un más allá de la democracia burguesa. “Ustedes están acá porque nosotros ganamos” dice más o menos Massera en su alegato final y hay un grano de verdad en la afirmación que Uriarte resalta en el texto con la destreza de los que no necesitan recurrir a las negritas.

El final amargo de la fiesta democrática ciudadana de los ochenta -con la hiperinflación y el quiebre económico-, abrió paso al ciudadano consumista de los noventa.

Para contener el pos-2001 (que fue una primera reversión del legado de la dictadura), el kirchnerismo realiza una mélange entre una reivindicación general y acuosa de los setenta como “enfermedad infantil”, tamizado por los derechos humanos de los ochenta, bajo la estructura del consumismo de los noventa.

En el terreno económico fue posneoliberal en tres sentidos: porque temporalmente vino después del neoliberalismo, porque se constituyó sobre sus bases y porque impulsó tímidas incursiones sobre algunos de sus postulados, sin alterar el núcleo duro que en algunas áreas reafirmó y profundizó (precarización, minería). 

En la escena política se erigió como una especie de etapa superior del alfonsinismo. Levantó las banderas del “derechohumanismo” e impulsó el consumo para todos y todas. Consumismo + derechos humanos, bajo el manto de una reivindicación moral de una juventud militante maravillosa, única, pero sobre todo irrepetible en sus contornos más disruptivos. Militancia ligth para consumo interno de una minoría intensa y consumismo “militante” para mayorías pasivas (o pasivizadas).

No es casualidad que para su operación de restauración del “país normal”, el kirchnerismo haya tenido que recurrir al último “ensayo general” de cuestionamiento al orden del capital, aunque lo hizo mediante una de sus figuras más burguesmente difusa: Héctor Cámpora, el tío. En aquellos años, el cuento del tío actuó como puente para el retorno del último Perón (el del “peornismo”) y en la última década cumplió la función de una transición para el regreso del pejota. Ahí está La Cámpora, haciendo honor a su nombre, enfrascada en una campaña de afiliación “masiva” a un PJ colmado de figuras que tienen casi todos los vicios del General y ninguna de sus virtudes.

El kirchnerismo fue a rescatar esa experiencia en los marcos y límites impuestos por la derrota: bajo el balance despolitizado del Nunca Más, con prólogo reformado y "repolitizado" pero sin cambio sustancial del “marco estratégico” legado por la dictadura, cuyo cerebro más inquietante y perverso fue el Almirante Cero. El hombre que fracasó en todos sus intentos de continuidad política en la vida civil, mientras triunfaba en su función histórica.

El carácter endeble y gaseoso de los supuestos “avances” de las últimas tres décadas queda expuesto en la facilidad con la que la “nueva derecha” retorna al kilómetro cero del andar de la democracia que parió el “Proceso”. Un camino que formalmente no fue pura impunidad, hubo juicio y algunos castigos a jerarcas que ya eran irreales por innecesarios, mientras se salvaba al conjunto del régimen político y social. 

Este límite queda en evidencia en el celo con el que todos guardaron los archivos bajo siete llaves, tanto bajo el alfonsinismo, el menemismo (su versión “blanca”: la Alianza), como bajo el kirchnerismo.

Los archivos nunca se abrieron porque desnudarían a todos los agentes del “Proceso”, los pilares que lo sostuvieron y sus verdaderos objetivos. Porque no se puede juzgar históricamente a la dictadura si no se establece rol histórico de la democracia, anterior y posterior al golpe.



El demoníaco rostro del Almirante Cero y sus cómplices de las Juntas fueron sólo el instrumento sangriento y salvaje del que se valieron los dueños del país para ponerse a salvo a cualquier precio. 

El fin justificó los medios y una vez garantizado el fin (“aniquilar” la insurgencia obrera) tenía que acabarse la rabia. El uso de la justa causa de Malvinas, fue un intento de perpetuarse en el poder, pero la indigna derrota apuró su salida con el concurso de la movilización popular.

Almirante Cero narra el álgebra y la mecánica de esa contrarrevolución, de las huellas profundas que dejó en la sociedad y la determinación que ejerció sobre el personal político del régimen constitucional.

Massera quiso ser tanto el jefe militar y estratega de la contrarrevolución como el líder político de la reacción democrática.

Pero el “Proceso” había cumplido su misión y el Almirante Cero era el candidato del “Proceso”. Murió políticamente cuando murió la dictadura como proyecto político extremo de los dueños de la patria. La casa estaba en orden y el capital podía (y debía) volver cubrirse con su mejor envoltura. Almirante Cero comenzó tempranamente a develar qué se escondía detrás de la nueva fachada de una democracia con oscura herencia, con el plus de una narración que contiene todos los condimentos cautivantes del siempre polémico “género culpable”.  . 




martes, 12 de enero de 2016

Siete años sin Alejandro "Bocha" Sokol




Hace siete años se le reventaba el corazón al "Bocha" Sokol en la estación de ómnibus de Río Cuarto (Córdoba) y entristecía el corazón de una generación (o varias). 

El momento de "El Cazador" era una pausa en el pogo soft de Las Pelotas, donde cada uno pensaba a qué cazador había querido tomar por presa. 

Quizá la cosa era más amplia y justo en el momento en el que, como se dice, creíamos ir la "conquista del mundo", nos íbamos dando cuenta de que estábamos en el fondo de una sucia prisión. 

Nuestro recuerdo y nuestro homenaje.


domingo, 10 de enero de 2016

La Revolución Libertadora y la Revolución de la Alegría




Hay en cierto kichnerismo estético un intento de identificar la situación que se vive a partir de su salida del poder, con la caída del primer peronismo. El objetivo es poner un signo igual entre la "Revolución Liberadora" y la "Revolución de la Alegría". 

Las comparaciones además de odiosas, a veces pueden ser también bizarras. Casi que no hay punto de comparación, partiendo del hecho de que el kirchnerismo tuvo mucho más continuidades en el cambio de lo que tuvo la experiencia por excelencia del nacionalismo burgués criollo encabezado por Perón, con respecto al régimen anterior; o el más evidente, el macrismo llegó al poder por elecciones y no constituye un régimen militar.

Sin embargo, con estas salvedades, en el álgebra de la dinámica política y de clases pueden encontrarse puntos de contacto, bajando mil cambios la intensidad de los fenómenos en cuestión o tomando esos puntos en su justa medida y armoniosamente. 

Afirma Claudio Uriarte en El Almirante Cero. Biografía no autorizada de Emilio Eduardo Massera: "El intento de preservar el orden sin el peronismo, y el intento peronista de volver al poder sin perturbar el orden burgués terminaban constituyendo, de este modo, la paradójica fórmula del desorden, la inestabilidad y la crisis política permanente: no había gobierno que pudiera sostenerse sin el apoyo político de Perón, pero el golpe de 1955 inauguraba un ilevantable veto militar sobre cualquier experimento que recreara la participación de Perón en el escenario político. La extrema rigidez y el conservadurismo de las Fuerzas Armadas, junto a la extrema cautela y prudencia el jefe del movimiento peronista, terminaban, de este modo, forzando un desbalance paradójico para un drama político donde todos eran conservadores: la Revolución."

Y  más adelante explica: "El qué del peronismo era probablemente insignificante, y quizá no difiriera esencialmente de lo que hubiera hecho cualquiera en esas condiciones económicas sobresalientes de la Argentina. El cómo, en cambio, era profundamente perturbador, porque constituía la legalización del movimiento de masas en el universo político, la entrada de los trabajadores a la ciudadela política que antes había estado celosamente restringida a la oligarquía y a la clase media. Justamente, cuando los marinos cuestionaban el cómo, el estilo, ponían el dedo en la llaga quizá sin advertirlo del todo ya que esa democratización aluvional, ese mamarracho neocorporativista y esa cursilería cultural en que se resumió el primer peronismo, con sus constantes apelaciones a la sabiduría y la bondad del pueblo, constituían la forma imperfecta, el lenguaje a medias, para unas masas que recién comenzaban a expresarse. El cómo era el único elemento genuinamente progresivo del peronismo."

Esta última frase es a una exageración benévola para con el peronismo, quizá ese cómo haya sido en realidad el elemento más reaccionario, justamente por ser el más falso, el que encubría la esencia conservadora del peronismo, el relato que escondía la realidad de que -pese a que no lo reconozcan las clases dominantes-, había sido el hecho bendito del país burgués (o el hecho maldito para el subsuelo de la patria tan sublevado como contenido). 

Parece que un destino trágico condicionó al peronismo para no poder completar nunca el tránsito de partido de la contención a partido del orden. Ni en el '55 ni en el '74/75, ni en el 2015 (el menemismo es otro cantar, fue una extensión de la derrota y el orden que impuso el genocidio). 

El primer peronismo surgió como movimiento de anticipación, para evitar la radicalización de las masas obreras (un objetivo muchas veces confesado por el mismo Perón), el retorno se produjo para frenar esa radicalización, que de todos modos se produjo luego de que Perón declinara de la lucha "para evitar un baño de sangre".

El kirchnerismo emergió como movimiento de desvío de una crisis orgánica y una situación de convulsión social y radicalización política (aunque sin la impronta clásica de la clase obrera), y luego, como el primer peronismo, aprovechó condiciones internacionales e internas que habilitaron el crecimiento económico. 

Finalmente, se preparaba para completar el tránsito hacia la moderación que tenía nombre y apellido: Daniel Osvaldo Scioli, un hombre que no tiene problemas con la realidad, simplemente porque le gusta tal cual es. 

Muchas veces afirmamos que el kichnerismo produjo mucho más relato del que es capaz de satisfacer, ese fue el cómo que molestó a fracciones de las clases dominantes y una de las llaves de su capacidad de pasivización.

La "Revolución de la Alegría" hoy cuestiona los símbolos más estridentes del cómo del kirchnerismo: la llamada Ley de Medios que no había afectado sustancialmente los intereses de las corporaciones, las posiciones en la Justicia que nunca avanzaron genuinamente sobre la corporación judicial, las expresiones culturales como el CCK, los aparatos de comunicación o el presunto excesivo estatismo que en términos de condiciones laborales de los empleados públicos mantuvo una precariedad sorprendente y en términos de avances sobre las empresas nunca fue más allá de algunos roces. 

La radicalidad de las medidas a favor del capital para salir de la crisis en la que estaba la economía argentina y que son en su totalidad en contra de los trabajadores y las mayorías populares, se manifiestan hoy en quinta y a fondo.

Un gobierno Scioli hubiese seguido con matices una hoja de ruta similar de ajuste, podía diferir en los ritmos y en el nivel de negociación, pero no en sus objetivos. Esto por el simple hecho de que otro camino implicaba afectar los intereses del las empresas y de la oligarquía, medidas contrarias a la naturaleza del ex- candidato del FpV y de su coalición.

Un burócrata sindical afirmó recientemente que "este gobierno tiene reversa", aunque hasta ahora ha retrocedido en poco y nada, a golpes de Ceocracia y decretismo. 

En este contexto se produce la otra paradoja que puede compararse en términos algebraicos: la extrema rigidez y el conservadurismo de la nueva administración, junto a la extrema cautela y prudencia los jefes del movimiento peronista.

Las potencialidades y límites de esa paradoja se verán en el desarrollo de las próximas coyunturas que constituirán de conjunto una nueva etapa. Los condicionantes estructurales para que la clase trabajadora imponga su sello están a la vista de todos, tanto como su evidente recuperación social en los últimos años. El pueblo no pide sangre, como para poder afirmar que estamos cerca de la revolución. Pero si se sostiene esta paradójica fórmula, el desorden, la inestabilidad y la crisis política permanente están más que aseguradas, elementos que siempre son la antesala (con los tiempos que se toma la historia para resolver sus dramas) de grandes acontecimientos. 




  


domingo, 27 de diciembre de 2015

La "fuga" que no fue magia





La "fuga" de los hermanos Cristian y Matín Lanatta, junto a Víctor Schilacci, condenados por el triple crimen de General Rodríguez, desató la primera crisis de magnitud de la administración de María Eugenia Vidal.

sábado, 26 de diciembre de 2015

Los siete días aleatorios que conmovieron a Berazategui




Estamos con esto de la literatura conurbana. Pablo Ramos, Juan Diego Incardona y Leonardo Oyola son tres de los más destacados representantes de la narrativa de esa terra incógnita. Uno del sur y dos del oeste.

Incardona afirmó alguna vez que quienes escriben sobre/desde el conurbano es difícil que puedan elegir alguna forma de realismo o costumbrismo para narrar historias desde un territorio donde permanentemente la realidad supera la ficción. 

Un autor menos conocido, Fabián Cesar Casas, también eligió los relatos de ficción para escribir una literatura que tiene a su ciudad (que también es la mía) como escenario. En un libro de cuentos que se llama "La situación gravitatoria de Berazategui y otros cuentos micropatrióticos", este profesor de química y física, que además es andinista, piloto de avión, trompetista y practicante de Kung fu; escribió un cuento que lleva como título "La semana aleatoria: Crónica de un experimento social".

Una historia de los años ochenta del siglo pasado, cuando los que alguna vez fueron llamados los "lománticos" tuvieron un triunfo colosal sobre la esquemática rutina de la vida, una victoria a la que aspira toda la humanidad: derrotaron al lunes.

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La semana aleatoria: Crónica de un experimento social
Fabián Cesar Casas

Todo el mundo se queja del lunes, pero ese mal universal alguna vez fue temporalmente derrotado.
Los hombres y las mujeres de la primera administración comunal de Berazategui protagonizaron acaso la más revolucionaria mejora en la vida social de todos los tiempos. El asombroso experimento que la Municipalidad pondría en marcha el primero de marzo de 1984 determinaría el triunfo definitivo de la imaginación sobre el poder, como el arte sobre los efectos especiales, o el talento sobre los sintetizadores y samplers. Bastó una sola hora de debate en el Honorable Concejo Deliberante para sancionar la legendaria ordenanza.

Desde esa fecha en adelante, la semana sería aleatoria. De esta manera, Berazategui derrotó al lunes. Rápidamente se organizó un calendario móvil que se armó sobre una tela naútica donada por un vecino de pasado marino, todo un símbolo que alcanzó su completo tamaño profético cuando tres trabajadores municipales desplegaron el almanaque gigante desde la terraza del palacio municipal, cubriendo por completo la fachada sur, dedicada exclusivamente a los ventiletes de los baños. Así zarpó la imaginaria nave de la revolución social, tripulada por los jóvenes ediles y pilotada por el querido intendente. Ocupando toda la extensión de la tela, resultando un alto de 15 metros en total, se situaba el número identificador de la fecha, conformado por una o dos cifras de chapa pintada de negro o rojo, según correspondiera. Arriba del número, se colocaba un cartel con el nombre del mes, el cual quedaba fijo durante todo el transcurso del corriente. Debajo de la fecha, y más grande que el cartel del mes, se colocaba el trozo de chapa pintado que decía el día de la semana que le correspondía. Todas las noches, una comisión formada por los representantes de las fuerzas cívicas asistía a la extracción de la bolilla que determinaría que día de la semana sería el siguiente, cuyo reinado comenzaría a la medianoche exacta. Un boy scout de la agrupación General Paz era el encargado de anunciar en viva voz pueril el día de la semana extraído. Entonces una suerte de algarabía se apoderaba del hall municipal, donde las voces de alegría y sorpresa “Menos mal que mañana es miércoles, que tengo turno con el dentista”, se mezclaban con las de desilusión “Uh… con el lindo día que va a ser! Mirá si no podría haber tocado sábado, para ir al parque Pereyra”. La vida de la joven comuna se vio entonces saludablemente sacudida por el impacto de la nueva normativa. 

El público vivía cada día desconociendo qué le depararía el siguiente. Podría ser lunes, domingo, jueves, o incluso el mismo martes que estaban viviendo, pues nada impedía que un mismo día se repitiese tanteas veces como el azar lo quisiera, pero transcurrido el primer mes se vio que las leyes de la matemática secreta del cosmos no tenían una capítulo especial para la ciudad de Berazategui. Una comisión formada por dos profesores de álgebra y geometría del Instituto Politécnico se abocaron a vigilar la aparición estadísticamente esperable de los diferentes días a medida que se producía el sorteo diario. Las consecuencias comerciales fueron las primeras en evidenciarse en una ciudad acostumbrada a girar alrededor de la principal arteria, es decir, la calle 14. Las carnicerías pasaron a vender asado todos los días, puesto que potencialmente cada día de mañana podía ser un domingo. Las panaderías, de la misma manera, duplicaron la venta de pan, porque el día siguiente podía ser lunes. El periódico “La Palabra”, que aparecía los jueves, comenzó a imprimir ediciones de emergencia puesto que cada cierre de redacción podía terminar en prensa. Finalmente se convirtió en un diario. El tambo Barzola acomodó su régimen de entrega de lácteos para que no faltara leche ningún día de la semana, por muy domingo que fuera en el resto del mundo. Felizmente, las frutas y verduras provenían de las quintas de Hudson, donde regía, por supuesto el calendario local. Pronto se evidenciaron los cambios profundos que la semana aleatoria causaba en el tejido social. Los niños dejaban de hacer los deberes para mañana, esperanzados en la aparición de un domingo o sábado como día siguiente. Por otro lado, las parejas de novios recuperaban la frescura perdida tras meses, o años, de estrictas citas jovianas. Cada día de mañana era una incertidumbre deliciosa o amenazante, según el una incertidumbre deliciosa o amenazante, según el caso. Los domingos en particular perdieron su poder cáustico sobre el blando tejido del alma sureña para dar lugar a la esperanza, fundada por la experiencia, de que el día siguiente difícilmente fuera lunes. Incluso se había dado el caso de repetición de domingos, y fines de semana largos de tres días. Los detractores y contreras empedernidos, metástasis del riñón opositor, se empecinaban en negar la vigencia de la semana aleatoria, acudiendo a la propalación subversiva de las transmisiones radiales de las emisoras de la capital a viva voz por los combinados hogareños y los pasacasettes de sus autos. “¿No ven, boludos, que para el resto del país es martes?” “Vayan a laburar, manga de vagos” eran los gritos admonitorios que se oían a veces, durante el fin de semana local, desde los alrededores de los centros de recreación, como el club Ducilo o, ya en el colmo de la desfachatez temeraria de estos agitadores, las mismísimas piletas de Plátanos, localidad cuna del intendente.

Tras siete u ocho meses de continua felicidad y mientras algunos estaban pensando en los festejos del primer aniversario de la semana aleatoria, bajo el slogan “En esta ciudad desalojamos a la tristeza”, la intelectualidad que solía reunirse en la biblioteca Manuel Belgrano exponía sus temores. Para algunos, era evidente que Berazategui no resistiría por mucho tiempo más la embestida de los grupos hegemónicos que pugnaban por impedir que el ejemplo revolucionario se propagara por el resto del país. Florencio Varela y Almirante Brown ya habían empezado a estudiar los respectivos proyectos de ordenanza para adoptar la semana aleatoria. Incluso se había formado una mesa coordinadora cuyos integrantes estaban pensando en un sistema unificado de día semanal para todo el conurbano. La mayor parte de los gremios provenientes de la combativa CGT Brasil habían saludado con alegría la iniciativa. Sin embargo, el gobierno nacional guardaba un silencio preocupante. Algunos de los políticos locales, otrora militantes de la izquierda peronista, sostenían que había que prepararse para defender la conquista lograda contra el sistema semanal fijo. Como era de esperarse, a pesar del intenso debate interno, la iglesia local se expidió a favor del sistema antiguo, amparándose en su discutible autoría papal. “Ya tenemos la iglesia en contra, nos la quieren dar como al General en el 55” dijo el famoso militante y fotógrafo social “Pampa” López, durante un acto a favor de la insurrección sandinista realizado en el centro cultural Rigolleau.

Para muchos, fue una declaración de guerra. Por esa altura, además, arreciaban a las denuncias difamatorias contra el sistema. Se decía que los sorteos del día estaban comprados; que los boy scouts eran hijos de funcionarios municipales interesados en hacer salir un día antes que otro; que los dueños del bingo habían ofrecido una fortuna a los ediles para que privatizaran el sorteo y toda clase de denuncias con muy poco fundamento, pero bastante aptitud mediática. Los rumores iban y venían desde los centros neurálgicos de la ciudad hasta los suburbios: las calles del centro, la 14, la Mitre y la 21, eran escenarios casi diarios de actos a favor del gobierno y repentinas caravanas de opositores que hacían sonar sus bocinas mientras gritaban “¡Negros vayan a trabajar!” La calle 148, ex 31, era un polvorín. Las multitudes que salían de la misa del domingo se encontraban con la populosa fila de compradores de la fábrica de pastas “La Torinesa”, mayoritariamente comprometida con el almanaque local, armándose trifulcas interminables. “¡Si no es domingo, para qué van a la iglesia, culos rotos!”, “¡Por cada domingo de mentira, van a pagar cinco lunes seguidos, negros cabeza!” eran algunos de los insultos que cruzaban los bandos enfrentados. La señal inequívoca del inminente golpe la dio una columna publicada en el New York Times a cuyo título “Argentina sigue siendo un país poco previsible” seguía un artículo donde se decía que en algunas de sus ciudades los lugareños no sabían ni en qué día vivían. Al conocerse la noticia, un grupo enfurecido partió del corralón municipal a bordo de un camión de recolección para ir a confiscar un ejemplar de la publicación imperialista. No lo consiguieron ni en el quiosco de la catorce ni en el puesto de Ducilo, de manera que fueron para Quilmes a ver si había algún quiosco que lo vendiera. La administración de la vecina ciudad, de signo político contrario, aprovechó la inofensiva incursión para multar al camión municipal y a su conductor por llevar gente en la caja. Siguió una discusión que finalmente demandó la intervención discusión que finalmente demandó la intervención de la policía, terminando los cinco obreros municipales presos. Durante horas se debatió en la Municipalidad sobre los pasos a dar para recuperar a los compañeros capturados. Los más moderados aconsejaban prudencia, mientras que los más exaltados decían que no valía la pena vivir en una comunidad libre a costa del encierro de sus habitantes. A medida que avanzaba la noche, la gente comenzó a reunirse en el playón de la Municipalidad. Primero eran unos pocos, luego cientos. Ya a esa altura se había suspendido el sorteo, por primera vez en la historia del proyecto, y todos velaban las luces encendidas del despacho del intendente y la secretaría de gobierno. Hacia la madrugada, miles de vecinos portando antorchas y estandartes con consignas diversas “No pasarán”; “En bolas pero libres”; “Barrio Marítimo Presente”; se prestaban a apoyar al intendente y resistir cualquier intento de intervención. Pero a pesar del apoyo popular, los rumores eran sombríos. Algunos habían visto un helicóptero aterrizar en el club de Golf, aparentemente portando tropas. Todos querían ver al intendente, pero nadie se asomaba a la ventana del segundo piso. De pronto sonó la sirena del cuartel de bomberos. Minutos más tarde pasaron dos autobombas raudas rumbo al río. La gente de desbandó tratando de ver qué sucedía. Aparentemente, ése fue el momento en que secuestraron al intendente, aunque algunos sostienen que se entregó para evitar derramamientos de sangre. Hacia las cinco de la mañana, el único rumor que circulaba era el de la renuncia del máximo líder comunal. Cuando la certeza de lo peor abarcaba los ateridos corazones de los vecinos, se anunció por la radio local la renuncia del intendente y su pedido de asilo en México. El gobierno provincial había intervenido el partido de Berazategui y un nuevo intendente se haría cargo del gobierno comunal. Más tristes que enfurecidos, los vecinos fueron dejando lentamente la plaza municipal, siendo reemplazados por los festivos locales partidarios de la intervención.

Cuando ya clareaba, unos desaforados hombres vestidos de traje descolgaron la tela del almanaque municipal y la prendieron fuego. Al día siguiente nadie escuchó la radio para saber qué día era. Pero no hacía falta: todos lo sabían.
Era lunes, otra vez.



jueves, 24 de diciembre de 2015

Luca Prodan: el traductor nacional (Feliz Navidad!)





El pasado 22 de diciembre se cumplieron 28 años de la muerte de Luca Prodan. El nuevo gobierno -que además de pretender llevarnos puestos a todos-, lo hace a toda máquina, no nos dio tiempo para postear algunas palabras. La navidad es una buena excusa, por el simple hecho de que Luca, entre muchas otras cosas, creó el hit argentino de "las fiestas" para varias generaciones de jóvenes perpetuos y heroicos sobrevivientes, bajo el amparo de la cultura rock.

Borges se pregunta en "El escritor argentino y la tradición": "¿Cuál es la tradición argentina? Creo que podemos contestar fácilmente y que no hay problema en esta pregunta. Creo que nuestra tradición es toda la cultura occidental, y creo también que tenemos derecho a esa tradición (...)". 

Y Gustavo Álvarez Núñez redobla la apuesta de la interrogación: "Pero qué sucede cuando el traductor es un extranjero que se instala en la Argentina y ante el estado existente de las cosas planta semillas desconocidas o poco tratadas en estos pagos. El desconcierto y la resistencia como la fascinación y la incomodidad obran como catalizadores de este personaje, ahora Luca Prodan, italiano educado en Gran Bretaña, que para limpiarse de un pasado de adicción a la heroína, descubre en la campiña cordobesa su bálsamo, su destino de cura y desintoxicación.

Pero Luca Prodan fue más que el traductor: él jugó el papel de importador, el que vino a subsanar la falta, la carencia. Frente a un rock argentino mojigato y atrasado, todavía deslumbrado por la rítmica y el virtuosismo del jazz rock, ataviado en su look hippie de jean gastado, pelo largo, remera desteñida y morral obligado, Luca Prodan introdujo al agrio y urbano Lou Reed, al chalón y apóstol Bob Marley, a los desolados y en carne viva Joy Division.

El cuadro desértico y conservador de principios de los años 80 puso a Luca Prodan como faro de la modernidad, convirtiéndolo en introductor de ideas musicales no practicadas ni tenidas en cuenta hasta ese momento en el rock argentino. Estaba la new wave revisitada por los hermanos Moura en Virus; estaba originándose el satélite Daniel Melero –quien verá desfilar por su sala de ensayo del barrio de Flores a muchos de los protagonistas del rock moderno de los 80, desde Gustavo Cerati a Richard Coleman y Ulises Butrón–; y estaban en plena combustión los orígenes del punk argentino con Los Baraja y Los Violadores –algo a tener en cuenta es que la importación de estilos muchas veces está ligada en un país periférico al bienestar económico y el buen pasar de sus "traductores"– como la intensificación de la horda heavy metal –Riff y V8–."

Norberto Cambiasso, por su parte, escribirá en el prólogo al libro "Luces Calientes" de Damian Damore: "El pasaje febril de las noches y los días de unos adolescentes fanáticos de Sumo que, persiguiendo incansablemente a sus ídolos por cuanta presentación se les ponga a tiro, reinventan un paisaje y trazan una línea imaginaria entre la Capital y el conurbano bonaerense. Al hacerlo, asoma una realidad diferente, ajena a nuestras urgencias cotidianas, suspendida en el significado renovado que le asignan a su peregrinaje.

Y hay que decir que Sumo se presta muy bien a este ejercicio. He aquí una banda con un cantante italiano y letras en lengua inglesa que muchos han postulado como representante insigne de nuestra condición ciudadana.

Un sortilegio de vivencias abigarradas que, en la medida en que nos comunica con el ambiente externo, termina también por transformar nuestras propias experiencias internas.

¿Y quién mejor que Luca para ilustrar ese estado de perpetua juventud que los rituales del rock, siempre repetidos pero siempre distintos, promueven en nuestra memoria?"

Luca Prodan observaba en el rock nacional mucho de "calco y copia", por eso dudaba que un virtuoso como Gustavo Cerati pudiera pelar con una guitarra criolla algo que le mueva el corazón (lo mismo dirá de Federico Moura), o que Los Violadores tenían mucho arreglo de "pelito así" para parecer un perfecto punk. Por eso admiraba más a Mercedes Sosa o Atahualpa Yupanqui.

Así es como un italiano que llegó a la Argentina a instalarse en las más tana de nuestras provincias (Córdoba), educado en la cultura inglesa y que cantaba rock en ingles, inventó en el Zero Bar el hit nacional que le permitió a varias generaciones bancar los trapos de las "felices navidades". Esas donde mamá e hijo con antifaz, disfrutan su noche de paz (tiempo después Ataque 77 completará la postal de la familia feliz con la presencia de un clásico de clásicos: "papá que llega borracho, como de costumbre...").

En otro lado le contó al mundo como eran las mañanas del gardeleano barrio del Abasto, introdujo a Chivilcoy de prepo en alguna canción, simplememte porque le gustaba ese nombre e hizo un fresco de un eterno personaje porteño que hoy vivirá el éxtasis de haber asaltado los cielos y haber llevado su "imaginación" al poder: la rubia tarada.

Para Luca fue simple el hit: “Lo hicimos porque estábamos locos. La hicimos punk y yo la canté en tres idiomas. Tocábamos esa noche de Navidad y así salió, en Zero Bar”. 

Y salió buenísima. Salud!



Como bonus track para los que se quedaron con ganas, vale la pena escuchar la cocina de Sumo, en este disco "póstumo" que tiene canciones grabadas en Córdoba en los años 1981, 1982 y 1983 y que se llama "Perdedores Hermosos" (Alto descubrimiento!, en su momento)