sábado, 6 de mayo de 2017

Presentación de "El marxismo de Gramsci"


Este blog ha usado (y abusado) en muchas oportunidades del pensamiento de Antonio Gramsci. Para corregir o precisar esos "usos" alguna vez llegó mi amigo Juan Dal Maso que, como afirmé en esta entrevista es, quizá, el mejor lector de de su generación en el país.

El pasado jueves 4/5 presentó su libro "El marxismo de Gramsci" en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA con un panel de lujo integrado por Horacio González, Eduardo Grüner y Christian Castillo. 

Todos fueron muy elogiosos con la elaboración volcada en el libro, pero sobre todo destacaron las ideas que aporta para pensar y repensar el marxismo.

Ponemos a disposición el video de la charla y recomendamos verla y escucharla completa. 



miércoles, 1 de febrero de 2017

Malvenido Trump, ¿Welcome Lenin?





Por Juan Dal Maso y Fernando Rosso

El mundo está cambiando, al margen de hasta dónde pueda llegar Donald Trump con sus políticas "aislacionistas". En el contexto de otros procesos como el Brexit en Inglaterra y la crisis de la Unión Europea, representa una tendencia fuerte a la reversión de una serie de presupuestos que primaron durante largas décadas desde la salida de la Segunda Guerra Mundial y que se acentuaron con el neoliberalismo: globalización y libre comercio, exportación y extensión de la democracia formal occidental, expropiación de los reclamos de los llamados movimientos sociales, “integrando” a minorías étnicas, chicanos, mujeres y movimientos por la diversidad sexual, dentro de la política oficial de un sistema muy desigual pero para todos y todas. Neoliberalismo salvaje en el terreno económico, diversidad posmoderna y democracia formal parecía ser la fórmula del éxito del extenso periodo neoliberal. 


La categoría de "crisis orgánica", permite entender una situación como la que da origen a Trump: el neoliberalismo como "gran empresa" no fracasó desde el punto de vista de la concentración económica y la explotación de la clase trabajadora, pero sí en su intento de mantener una base social más o menos permanente en la medida en que los "beneficios del derrame" resultaron inexistentes o escasos. La internacionalización desbocada del capital dejó a mucha gente afuera, dentro de sus fronteras nacionales: se van las empresas a facturar su libertad y se quedan los desocupados a paliar su empobrecimiento.


La crisis del Estado en su conjunto aparece como un fenómeno de escala nacional y puede pensarse desde el punto de vista internacional, no como crisis orgánica mundial, sino en formaciones supranacionales contradictorias como la Unión Europea. 

Así la definía Antonio Gramsci: 

“En cierto punto de su vida histórica los grupos sociales se separan de sus partidos tradicionales, o sea que los partidos tradicionales en aquella determinada forma organizativa, con aquellos determinados hombres que los constituyen, los representan y los dirigen no son ya reconocidos como su expresión por su clase o fracción de clase. Cuando estas crisis tienen lugar, la situación inmediata se vuelve delicada y peligrosa, porque el campo queda abierto a soluciones de fuerza, a la actividad de potencias oscuras representadas por los hombres providenciales o carismáticos ¿Cómo se crean estas situaciones de oposición entre representantes y representados, que del terreno de los partidos (organizaciones de partido en sentido estricto, campo electoral-parlamentario, organización periodística) se refleja en todo el organismo estatal, reforzando la posición relativa del poder de la burocracia (civil y militar), de la alta finanza, de la Iglesia y en general de todos los organismos relativamente independientes de las fluctuaciones de la opinión pública? En cada país el proceso es distinto, si bien el contenido es el mismo. Y el contenido es la crisis de hegemonía de la clase dirigente, que se produce ya sea porque la clase dirigente ha fracasado en alguna gran empresa política para la que ha solicitado o impuesto con la fuerza el consenso de las grande masas (como la guerra) o porque vastas masas (especialmente de campesinos y de pequeñoburgueses intelectuales) han pasado de golpe de la pasividad política a una cierta actividad y plantean reivindicaciones que en su conjunto no orgánico constituyen una revolución. Se habla de "crisis de autoridad" y esto precisamente es la crisis de hegemonía, o crisis del Estado en su conjunto (Cuadernos de Cárcel, C13 §23 redactado entre mayo de 1932 y primeros meses de 1934).

En el marco del desprestigio creciente del neoliberalismo, la crisis de formaciones tradicionales como el Partido Demócrata yanqui o la socialdemocracia europea parecen confirmar que lo que está en default es lo que queda de un orden fundado en los años de la segunda posguerra. 

Desde el punto de vista económico, la tendencia que representa Trump cumple la misma función: intentar la tarea relativamente imposible -sin mayores enfrentamientos- de desarmar el entramado de "internacionalismo burgués" que la economía mundial fue tejiendo en las últimas décadas, que a su vez permitió que los Estados salvaran a los bancos desde el inicio de la crisis de 2008, que se viene administrando lentamente como una "crisis del '30 en cuotas": la larga agonía del orden globalizador.

Desde el punto de vista político esta “gradualidad” de la catástrofe se manifiesta no en el surgimiento aún de fenómenos como “centrismos de masas” con la centralidad e impronta de la clase trabajadora, como sucedía en los años '30, sino como neoreformismos a la izquierda de las viejas formaciones o como nuevas coaliciones: desde Syriza en Grecia hasta Jeremy Corbyn en Inglaterra, desde Bernie Sanders en Estados Unidos al debate que cruza a Podemos en el Estado Español o la nueva sorpresa y media del triunfo de Benoît Hamon en la interna de los socialistas franceses, una elección que, una vez más, jubiló a encuestadores y pronosticadores.

A la derecha, el propio Trump, el Frente Nacional galo o la Liga Norte de Italia que se reunieron en Alemania junto a otras formaciones de la todavía “paqueta” ultraderecha europea. 

Pensado desde el punto de vista internacional, Trump representa más cabalmente lo que sería un tendencia a la ruptura del "equilibrio inestable" del capitalismo. Con esa categoría extrapolada de la física, León Trotsky había señalado en la inmediata primera posguerra las alternativas catastróficas del capitalismo después de la gran confrontación y la revolución rusa, destacando que el equilibro capitalista era "un fenómeno complicado" que estaba en tensión permanente entre la continuidad y la ruptura y era el resultado de la interrelación entre la situación de la economía, las relaciones entre los Estados y el desarrollo de la lucha de clases. De este modo lo definía Trotsky: 

“Después de la guerra imperialista, entramos en un período revolucionario, o sea en un período durante el cual las bases del equilibrio capitalista se quiebran y caen. El equilibrio capitalista es un fenómeno complicado; el régimen capitalista construye ese equilibrio, lo rompe, lo reconstruye y lo rompe otra vez, ensanchando, de paso, los límites de su dominio. En la esfera económica, estas constantes rupturas y restauraciones del equilibrio toman la forma de crisis y booms. En la esfera de las relaciones entre clases, la ruptura del equilibrio consiste en huelgas, en lock-outs, en lucha revolucionaria. En la esfera de las relaciones entre estados, la ruptura del equilibrio es la guerra, o bien, más solapadamente, la guerra de las tarifas aduaneras, la guerra económica o bloqueo. El capitalismo posee entonces un equilibrio dinámico, el cual está siempre en proceso de ruptura o restauración. Al mismo tiempo, semejante equilibrio posee gran fuerza de resistencia; la prueba mejor que tenemos de ella es que aún existe el mundo capitalista." (La situación mundial, junio de 1921).

Este equilibrio se basa en el plano económico en la división internacional del trabajo, en el plano de la lucha de clases en el control del conflicto a escala interna de cada estado y en el plano de la geopolítica en un sistema de contrapesos más o menos estable entre los estados. En el primero y el segundo plano, las cosas no están marchando bien. En el segundo, la situación es más heterogénea. Pero de conjunto, las variables que dominaron la economía y la política mundial durante las últimas décadas, están cambiando más o menos aceleradamente. 

En este marco, el llamado "momento populista" podría estar anunciando algo mucho menos "posmarxista" y bastante más clásico: el retorno de contradicciones profundas del capitalismo y la tendencia a resolverlas sobre la base del Estado nacional y no pacíficamente en el orden internacional. 

De allí el “curioso” título de este artículo: muchas de las precondiciones “leninistas” se configuran en la escena mundial: crisis económica, divisiones de los arriba (Silicon Valley toreando a Trump!) y mayor actividad de la luchas sociales y en algunos casos como mayor o menor forma de lucha de clases. Con la excepción de una: las acciones históricas independientes que impongan una contratendencia contundente por izquierda. 

El discurso de Trump dirigido hacia el trabajador varón y de raza blanca parecería ser un intento de reeditar en condiciones desfavorables para los obreros el pacto que Giovanni Arrighi señalaba en Siglo XX, siglo marxista, siglo americano: la colaboración obrero-patronal en los marcos de un capitalismo en ascenso, se transforma en una mezcla de retórica proteccionista y empleo precario. 

Por eso los análisis que ven a Trump como un working class hero, además de falaces son fantasiosos: el voto a Trump no es un voto de clase, sino un voto de individuos trabajadores atomizados y transformados en polvo de la historia.

En esta entrevista, Emilio Albamonte afirma que “el proletariado ha entrado por el lado equivocado”, haciendo oír su furia mal dirigida y peor orientada, pero no por eso menos real. Y en parte es así porque cuando quiso entrar “por el lado correcto” (Grecia!) sus direcciones no tuvieron ni el 10% de decisión de la que muestran las nuevas derechas en la acción política y en la disposición para hacerse del mando. 

Por eso estamos lejos del análisis simplista de Slavoj Žižek (“Trump es mejor porque acelera las contradicciones”). Pero es cierto que el avance por derecha tiene un aspecto contradictorio: apelando al lenguaje de los puños, el garrote y los muros, Trump habilita la discusión sobre "soluciones" radicales. 

Aunque sería un error suponer que los trabajadores norteamericanos (o de otras partes del mundo) pueden radicalizarse de pronto desde la derecha xenófoba, nacionalista e imperialista a posiciones de izquierda, sin mediar grandes catástrofes sociales (no olvidemos que casi todas las revoluciones del siglo XX se hicieron en contextos de crisis y guerra mundial o de guerras de liberación nacional).

Tan erróneo como creer que las provocaciones confiadas de la derecha en ascenso no tendrán respuestas del otro lado, interno o externo, de sus nuevos muros. 

A esto se suma que el avance derechista golpea pero a su vez preserva a los alicaídos “progresismos”, lo cual puede verse en el intento del Partido Demócrata de capitalizar el descontento que ya se pone en movimiento contra Trump, o en el triunfo del candidato “de izquierda” en la reciente interna del PS francés. 

La política y la economía mundiales entran cada vez más en un terreno de incertidumbre, en el que fenómenos aberrantes estarán a la orden del día tanto como pueden terminar sepultados por la dinámica de los acontecimientos. Si la izquierda quiere presentar una alternativa a este proceso de descomposición de los regímenes políticos y crisis económica, necesitará una política independiente, una práctica combativa y una estrategia de ruptura con el capitalismo, para conquistar el corazón y la mente de la clase trabajadora y los sectores populares. 

En este plano también, más que nunca, Malvenido Trump, Welcome Lenin.



jueves, 3 de noviembre de 2016

Hasta que puedas quererte solo (Pablo Ramos)






La primera vez que escuché la conjunción "Alcohólicos Anónimos", pensé que podía ser un buen nombre para mi barrio, ubicado al fondo del conurbano sur. Básicamente porque la inmensa mayoría de sus residentes eran alcohólicos y la totalidad, absolutamente anónimos. Imaginaba el equipo del barrio y el nombre de la hinchada emergía solo: "Los borrachos del tablón"; la sociedad de fomento: "Los mareados" o algo así; y la camiseta era obvia -como la de la selección de Venezuela- "La vino tinto". Aunque para ser precisos, el nombre que mejor hubiese cuadrado es "La vino suelto", con la combinación básica de los dos colores de esa bebida "que se hace con la uva y con el alcohol y se llama Thermidor". Recuerdo las mil y una noches de viajes cortos hasta lo de "Don Emiliano", con la botella de litro vacía para traerla de nuevo hasta el tope con la bebida espirituosa que habitaba en las veinte damajuanas del viejo y precario almacén. Una tarea que se reducía a un simple trámite cuando llevaba dinero para abonar, y se complicaba un poco cuando el pedido era para anotar en la libreta. Don Emiliano fiaba de todo y para todos, pero cigarrillos y alcohol no. Aunque si el correntino estaba medio puesto, tampoco era muy estricto con esos principios. 

Así como digo esto, también aseguro que casi todos eran muy laburantes, calaveras cotidianas que no le chillaban a nadie.

Cualquiera de ellos podía haber sido un protagonista del nuevo libro de Pablo Ramos Hasta que puedas quererte solo. Porque justamente habla de eso: de los alcohólicos anónimos (AA) y estructura su narración alrededor de los Doce Pasos que el plan tiene para la recuperación de adictos, luego copiado por distintos programas, como Narcóticos Anónimos (NA) y otros muchos vicios de otros tantos no menos anónimos.

Los Doce Pasos que se convierten en doce crónicas de varias muertes anunciadas y algunos sobrevivientes que se trompearon feo con la vida.

Son historias reales con un toque de ficción y unos cuantos protagonistas que fueron inspiradores de varios personajes de la magnífica trilogía que consagró al escritor: El origen de la tristeza, La ley de la ferocidad y En cinco minutos levántate María. Bajo el impulso de la lectura de esas primeras dos novelas, escribimos en su momento este texto en la revista Panamá

En las crónicas, Ramos se interna en las tormentosas profundidades de los adictos, en sus más recónditos miedos, su copernicana soberbia, las terribles ausencias, los monumentales egos, la persistente tristeza y la invención de su soledad. En la quirúrgica y tenaz operación de los que cuando empiezan ya saben exactamente cómo va terminar todo y, sin embargo, no pueden hacer nada. 

Hay historias de vida perra, lecciones de filosofía barrial y universal, pequeñas y grandes venganzas, injusticias por doquier y múltiples actos de impagable y desinteresada solidaridad. Además de ese coqueteo constante, primero con la idea de la muerte y luego con la muerte misma. 

Formalmente puede leerse casi como una apología al tratamiento de AA o NA, con una sobrecarga de religiosidad y espiritualidad que es lo menos interesante. Pero al margen de esos "detalles", hay crónicas narradas con su particular estilo: tierno y salvaje, triste y feroz, bestial y profundamente humano. Un animal que cuenta.

Es más que recomendable la nueva "novela" de Pablo Ramos, separada en doce crónicas que son como los doce pasos del penal: la distancia que puede separar a las más grande de las glorias del más atronador de los fracasos. Con un público caníbal siempre dispuesto a un inolvidable festejo o a un eterno y crudo escarmiento.

En 2011 adelantó el prólogo en su blog, antes de que la novela esté escrita. Allí asegura que el libro iba a llevar el que quizá fuera su mejor título. Efectivamente es el mejor y junto a Cuando lo peor haya pasado, el más "carveriano" de todos. Vale la pena contar su origen: la primera vez que fue a un grupo de autoayuda lo recibió un personaje un poco bizarro, un hombre cincuentón, "tostado de lámpara, con unas cadenas y unas pulseras enormes de oro enchapado". Entre las primeras cosas que dijo le dio el siguiente consejo: "Pase lo que pase vos vení, que acá te vamos a querer, hasta que puedas quererte solo".





jueves, 27 de octubre de 2016

#Cambiemos y las derrotas en el Congreso


A medida que se acerca aceleradamente el año electoral, salen a la superficie las debilidades de origen de la coalición oficialista que marcamos al inicio de su gestión. 
En estos días, Cambiemos sufrió varios traspiés en el Congreso: no pudo sancionar la ley de reforma política a su medida, lo que incluía el "corralito" en las primarias; naufragó el proyecto de ley de reforma del Ministerio Público que intentaba desplazar a la kirchnerista Alejandra Gils Carbó, con un método que se daba de frente con el relato de "regeneración institucional" que le sirvió de base para llegar al Gobierno y en una reñida sesión, tampoco pudo aprobar la bochornosa ley de participación pública-privada (PPP). 
Esa ley era reclamada por la multinacional Siemens cuya promesa de inversión de alrededor de U$S 5600 millones para obras de infraestructura entre 2016 y 2020 estaba condicionada por su aprobación. Las malas lenguas dicen que el proyecto fue meticulosamente debatido en el "Davosito" que se desarrolló en el CeCeKa. Entre otras cosas, plantea "la prórroga de jurisdicción para que tribunales extranjeros sean los que resuelvan eventuales pleitos entre el Estado y los grupos económicos y deja abierto el pago en moneda extranjera a los contratistas". La "Ley Siemens", por ahora, volvió a comisiones. 
Los dadores voluntarios de gobernabilidad (pejotas y massismos varios) que hasta ahora habían decidido aprobarle a Cambiemos las leyes hasta que les duela, comprometen su propia supervivivencia política. 
Parece que no pasa nada, pero la relación de fuerzas es como las brujas, todos sabemos que no existen, pero que las hay, las hay. Como dice el nuevo relanzamiento (y van...) de Cambiemos: lo peor ya pasó y lo mejor está por venir.

Con mayor razón:



miércoles, 21 de septiembre de 2016

Cristina, Massa y el "círculo rojo"



Según la noticia que divulgó anoche el sitio La Política Online, la expresidenta Cristina Fernández comienza a ponerle nombre propio a sus diferentes propuestas tácticas como el "frente ciudadano" y la "nueva mayoría.

En una de las tantas entrevistas con el periodista Roberto Navarro, consultada sobre una eventual alianza con Sergio Massa, CFK contestó que sus límites eran el mapa, los corruptos y los genocidas. Según el relato de LPO, en la reunión con los dirigentes "periféricos" del kirchnerismo no camporista, la expresidenta manifestó que Massa no es el enemigo.

En los "Diálogos sobre la transición argentina" que realizamos en La Izquierda Diario, Horacio Verbistky explicó que Massa era el representante perfecto del "círculo rojo": 

"La expresión del 'círculo rojo', en la política argentina hoy es Sergio Massa, es allí donde está el 'círculo rojo'. La transnacional italiana Techint, los grupos económicos locales, el grupo Clarín, están allí, no están en el gobierno de la alianza Cambiemos. Por supuesto, frente a los sectores populares todos cierran filas y son uno, pero hay contradicciones entre ellos que yo creo que se van a desarrollar y se van a expresar a lo largo de los meses y los años próximos.", afirmó Verbitsky.

Por estos días salieron casualmente a la luz encuestas (de consultoras afines al cristinismo) que le dan guarismos considerables en la provincia de Buenos Aires. CFK quiere poner ese capital en venta en el gran mercado político del peronismo y no rifarlo en ferias menores como proponen "los gurkas" (CFK dixit) o talibanes del cristinismo (Martín Sabbatella, Luis D´Elía o el intendente de Avellaneda, Jorge Ferraresi).


Es difícil una alianza con Massa, sobre todo porque este último perdería mucho apoyo de lo que llaman el voto "republicano" si se junta con CFK.

Ella lo sabe, por eso hace la exigencia, en un remedo criollo y peronizado de la línea "frente único".


Y es un nuevo mensaje para el peronismo (Grupo Fénix que perforó antes de nacer al Grupo Esmeralda), que comenzó a separarse de los que encaraban sin mediaciones hacia la meca de Tigre. Los "sectarios"a derecha e izquierda dice CFK, en todo caso serán los otros.

Como sea, reafirma y pone en valor el giro a la derecha discursivo que implicó el "frente ciudadano" y la "nueva mayoría", en relación a la vieja o olvidada narrativa "populista".


Socialmente, es relativamente lógico ese diálogo de sordos, porque el peronismo se juega a representar a ese "círculo rojo" o la "burguesía nacional", que nunca tuvo problemas graves con el "círculo blanco" (bancos, finanzas, campo), aunque disputan intereses relativos diferentes en busca de hegemonía.

Como dice Verbitsky "frente a los sectores populares todos cierran filas", aunque eso no implicó mantener una orientación independiente de ambos a la hora de la política que fue guiada por el viejo y desgastado principio del menos malo. 

El "círculo rojo" puede estar contento, hay referentes de todos los colores en disputa por su representación política.

Pero incluso, Cristina avanza un paso más en la escuela clásica del peronismo de guerra: castiga a los imberbes, a los que encuadra dentro de la tribu de los "gurkas". El drama de ayer adaptado a la comedia de hoy.



martes, 7 de junio de 2016

Contribución a la crítica de la verdad periodística (Claudio Uriarte)

[Publicado originalmente Revista La Caja, Abril-Mayo 1993]



Un demócrata de vieja cepa no pediría hoy libertad de prensa, sino libertad respecto de la prensa”.
Oswald Spengler, La Decadencia de Occidente (1922)

Los diarios, semanarios, quincenarios y demás ediciones periódicas son publicaciones que sólo deberían salir de vez en cuando. El concepto mismo de periodicidad es lo que debe ser críticamente puesto en duda, tanto más en un mundo en el que el periodismo ha adquirido la legitimidad autorreferente y tautológica de un poder que se encuentra más allá de todo cuestionamiento, y en una sociedad en la que el periodismo ha sustituido efectivamente a la metafísica, la filosofía, la ideología social, la discusión de las ideas y hasta el mismo arte. Se diría que, a medida que estas disciplinas mueren como preocupaciones sociales, el periodismo las vampiriza para capitalizar sus desechos bastardos, como una inconsistente y cambiante ciencia de híbridos que reciclara todo pensamiento para volverlo lugar común, o bien lo acepta sólo cuando éste se había vuelto cliché. El periodismo no sólo sería colección de los fragmentos rotos del gran edificio de la historia, sino basurero de los pedazos en que se ha desmoronado toda reflexión sobre ella.

El periodismo ha otorgado legitimidad a una idea cuya única verdad son los ritmos de reproducción de la fuerza de trabajo de la productividad alienada: la noción de que el tiempo transcurre en períodos de 24 horas por día (o de una semana, o de un año). Los hechos, ante los que el periodismo se comporta como si fuera un recipiente hueco y neutro, se acumulan analizan y desmenuzan en sus prolijos compartimentos temporales como si fuera él lo que les diera forma, y cada tanto se publica un “balance semanal” o “mensual” o “del año” como si el almanaque fuera lo que verdaderamente definiera los límites, la duración y la mecánica de los procesos, y en inconsciente pero perfectamente consistente reproducción de la práctica de la empresa capitalista que a fin de año realiza su “memoria y balance”: se hace un equilibrio de entradas y salidas, de ingresos y deudas en la gran fábrica de procesamiento de la información (que es la materia prima de la que viven estos medios), y en esto se destruyen la idea de historia y el concepto de proceso histórico en el mismo momento en que los periodistas, con paradójica e involuntaria ironía, y como si quisieran curarse en salud del mismo sistema de banalización e intrascendencia a que los lleva su oficio, adornan su producción con adjetivos como “histórico”, “trascendental” y “sin antecendentes”, en parte porque la memoria de la que viven es breve, ignorante, aconceptual y fenoménica, y en parte porque necesitan volver a despertar permanentemente la atención de un proletariado intelectual de lectores abúlicos, convencerlos de repetir la compulsión de consultar el diario cada día. Sin duda, hay que preguntarse si es el periodismo el que destruye la historia o meramente refleja esta destrucción; si la historia misma no se ha vuelto periodística, mecánica y cuantitativa (en cuyo caso el periodismo sería su espejo fiel y funcional, a lo sumo un auxiliar privilegiado de sus medios de reproducción) y fundamentalmente debe aclararse una división metodológica: si se cree en un concepto de historia como universal, con sentidos, procesos, organicidad y lógica propias o si se la considera como un mero receptáculo de hechos. La posición de este artículo es la primera: si la posición del lector es la segunda, abandone la lectura y vaya a comprar el diario.

La irracionalidad del periodismo puede mostrarse con un extremo de su propia práctica; la necesidad, cuando se trabaja un domingo -día generalmente pobre en noticias- para el matutino de un lunes, de exagerar hechos de importancia secundaria para que justifiquen los títulos de un diario, si el domingo en cuestión no ha tenido acontecimientos deportivos importantes. Vale decir que el criterio que manda es el formato del diario, su diagramación, su espectáculo y su propuesta de lo que constituye un día, principio por otra parte idéntico al que rige en los días de más noticias, cuando éstas deben ajustarse a la pauta publicitaria o “forzarse” ligeramente con estratagemas de estilo: “Quedan 48 horas para el vencimiento del ultimátum, “Serían inminentes definiciones sobre la crisis planteada”, “Primera visita del Papa a Benin” o “La recesión más grave en doce años”. El Guinness Book of Records es el pobre sustituto para los instrumentos de valorización y jerarquización de hechos que sólo puede proveer una filosofía de la historia. Incluso cuando ocurren acontecimientos verdaderamente importantes y novedosos, ya es difícil distinguirlos en esa rutina tipográfica, por más que se apele a titulares catástrofe. Y se aplasta toda proporcionalidad: la seudonoticia de un día cualquiera se infla para que luzca importante; la noticia importante se comprime y achata para que acate el formato del diario. El periodismo comprime el rango dinámico de los acontecimientos, del mismo modo que la música funcional apaga los extremos para compatibilizar a Mozart, Louis Armstrong y Prince.

Actualmente, es cierto, las publicaciones periódicas se han desprendido un poco de estas herramientas primitivas y en lugar de exagerar información abordan temas específicos de actualidad en forma monográfica, publican seudoensayos y ofrecen investigaciones de carácter relativamente intemporal que justifiquen la edición. Sin embargo, y bajo el pretexto de jamás discontinuar el servicio de informar al público, estas nuevas técnicas terminan confiriendo al periodismo una inusitada autonomía respecto a la noticia: el periódico mismo se vuelve protagonista de los hechos y hasta el mismo hecho; su misma existencia resulta noticia. Sin que se note mucho, comienza a cerrarse el círculo de un gesto esencialmente autoritario, de una actividad con capitales, jerarcas, especialistas y reporteros que esencialmente se han nombrado como autoridades a sí mismos, y que se legitiman en la sociedad por el solo hecho de la repetición: cualquier firma reimpresa con frecuencia en un periódico puede convertir al portador en un experto, por lo mismo que decía Joseph Goebbels que la gente creería cualquier cosa si se la repitiera suficientes veces.

El hecho que hay que reprocharle al periodismo no es su frivolidad, su inconsistencia o sus faltas a la verdad, sino que él mismo, por su propia dinámica, es una falta a la verdad, es la versión degenerada de la historia de una sociedad que ha renunciado al concepto de verdad. Al periodismo hay que reprocharle que existe.

Izquierdismo profesional

La dificultad para analizar críticamente este poder radica en un bloqueo conceptual que se encuentra en los dispositivos fundantes del pacto democrático: el proyecto del periodismo como colaborador de la Ilustración, como socializador de ideas, noticias y tendencias y como agitador del iluminismo, la cultura y la información después de siglos de oscuridad y opresión. El periodismo dispuso siempre de una intensa filiación jacobina, que puede rastrearse tangencialmente por el hecho de que en él tradicionalmente encontraron refugio artistas, escritores, intelectuales, contestatarios y desclasados, y que es el hilo que lo conecta al volante político, al cartel callejero y a la pancarta de masas: vendría a ser algo así como el house organ de la sociedad civil. El prestigio iluminista del periodismo se remonta a la historia preburguesa, cuando no sólo se impedía la información, sino la misma alfabetización, donde la cultura era restringida y donde todo saber se correspondía a un determinado poder de clase. El periodismo, en las épocas en que la Iglesia todavía dominaba la cultura, en que la burguesía estaba lejos de desplazar a la nobleza y los señores feudales, hubiera resultado una idea intrínsecamente subversiva, y en la época de la Ilustración y de la burguesía acompaño decisivamente cada avance. El periódico resultaba político por el solo hecho de existir.

Hay una sorprendente continuidad constitutiva respecto a estos orígenes, en una época en que la Ilustración ya no es subversiva, en que el poder quiere alfabetizarnos a todos, pero sólo para que leamos sus órdenes. El periodismo, que recién ahora logra desprenderse un poco del estigma de sus orígenes lúmpenes, siempre ha dependido para sostenerse de la producción de noticias, que en el glorioso pasado eran la verdad, las armas, las redes y las contraseñas de la sociedad emergente y que ahora son las células en las que coagula la descomposición del tiempo. Las noticias son quiebres de la continuidad, son rupturas, anomalías y anormalidades; como decía un veterano Secretario de Redacción argentino a sus subordinados, “la noticia es el hombre que muerde al perro”; y es natural que los más indicados para encontrar, investigar y develar esas noticias sean contestatarios, marginales y desposeídos, que ansían ver en cada sacudón una ruptura y una crisis del poder: “Los mejores diarios de derecha -decía otro experimentado periodista argentino, en las épocas de represión- se han hecho siempre con redactores de izquierda”. Se puede decir que la noticia, punto aislado del decurso de las cosas, y que el periodista debe desentrañar para encabezar una nota, tiene una vida paradójica: los periodistas la anuncian o la denuncian, como si fueran los detectives sociales que descubrieran la verdad de un jeroglífico de múltiples significados posibles, pero que entretanto el público lector la recibe como estructuralmente ajena, como lo que “le pasa” a él y como constatación de su propia inactividad histórica.

El periodismo, de esta manera perfectamente diabólica, tiene para sí lo mejor de los dos mundos, come su torta y se queda con ella, repica y anda en la procesión: al mismo tiempo que está legitimando la pseudohistoria de la productividad burguesa, absorbe, neutraliza y capitaliza para sí a los ingenuos redactores de la izquierda que de otro modo quizá se opusieran a ella, y que en lugar de eso se sienten heroicos, orgullosos y provocativos por el hecho de “llegar” al público con una supuesta verdad liberatoria y desmitificante, lo que antes tenía que ver con propósitos de agitación revolucionaria pero ahora se identifica cada vez más con la vanidad más egocéntrica y frívola, y en realidad sirve solo a los propósitos de los poderes que organizan carcelariamente el tiempo. La masa lectora no es inocente de esta pantomima: el lector sigue y admira a su periodista rebelde y contestatario y cada cosa queda en su lugar, en el diario que ha dejado de ser agitador y movilizador para convertirse en una simulación congelada de enfrentamientos, tendencias y dinámica social, y en maqueta de un Parlamento abierto dentro de una sociedad ideológicamente cerrada: The New York Times, por ejemplo, suele publicar en su página de opinión artículos antagónicos sobre un mismo asunto, lo que a primera vista abre el arco de disenso democrático pero visto más de cerca fija los límites del enfrentamiento y de la oposición posibles.

Iluminista primero, el periodismo se volvió izquierdista a los ritmos de la historia del socialismo, el marxismo, la socialdemocracia y el revolucionarismo leninista. Anarquistas, contestatarios y socialistas primitivos tuvieron a la palabra escrita en el mismo lugar de trascendencia social que el iluminismo burgués; Marx y Engels, como lo prueban El 18 Brumario de Luis Bonaparte o el Manifiesto Comunista no desdeñaron formas periodísticas o semiperiodísticas; la socialdemocracia alemana era notable por su erudición, sus periódicos, sus bibliotecas y sus archivos; la teoría revolucionaria de Lenin proponía que el “organizador colectivo del Partido” fuera nada menos que un diario, aptamente llamado Iskra (La chispa) -el incendio revolucionario iluminaría la oscuridad rusa- y Trotsky relata en sus memorias con estremecimientos casi sensuales el placer que le causaba abrir el diario del día. El periodismo, de hecho, fue a menudo la ocupación “burguesa” del revolucionario profesional, tanto un vector de agitación como un medio de vida.

El periodismo disfruta así de un prestigio un poco tramposo, que consiste en haber sido la oposición de anteayer. El anacronismo de sus laureles consiguió un maquillaje de lustre rejuvenecedor en las últimas décadas de este siglo por haber librado un revival de la lucha entre Ilustración y oscurantismo en sociedades y regímenes políticos suficientemente atrasados, anacrónicos, cerrados en sí mismos y radicalmente débiles como para construir su idea del Estado en la imagen de una fortaleza asediada, tales como las sociedades de planificación estatal del viejo Este (o, para el caso, la dictadura militar argentina).

La incapacidad de estos regímenes para legitimarse, su necesidad de controlar cada aspecto de la vida social, su identificación del poder con el dominio sobre lugares físicos concretos, dio al enfrentamiento entre la Ilustración universal televisada y la realidad local el aspecto de una guerra de posiciones librada con armamentos anacrónicos, como si fuera posible defenderse de misiles nucleares con ballestas. Se puede argumentar que, más que la amenaza armamentista o tecnológica (que sólo pesó en la conciencia de los dirigentes) fueron Radio Europa Libre y las emisiones televisadas de Europa Occidental lo que acabó con los regímenes del Este, y no por su propaganda ideológica propiamente dicha sino por simple difusión del modo en que eran las cosas en el resto del mundo. La caída del Muro de Berlín fue un simulacro posmoderno de la toma de la Bastilla: el triunfo del hombre común contra las utopías, la irónica victoria final del buen soldado Schweick. Los periodistas, situados en este escenario, parecieron volver a brillar por un rato a la luz de las lejanas llamas de la Revolución Francesa, y terminaron de cumplir su papel vendiendo como nueva una ideología vencida. La cuantitativización del desarme político, militar, social y moral ganó la escena como “el menor de los males posibles”, y se impuso la democracia en la acepción borgeana como “abuso de las estadísticas”, ya que las estadísticas son un recuento de cuerpos inmóviles.

Avanzaba la normalización “final” del mundo, su sujeción eficiente a la lógica del mercado económico y político, y los periodistas, que antes habían actuado como instancia de iluminación contra el poder, ahora le sostenían la linterna y prodigaban su elogio: no por nada Bernard Shaw, anchorman de la cadena norteamericana de noticias CNN, abrió su cobertura del inicio de los bombardeos norteamericanos contra Irak, una noche de 1991 con la memorable frase: “Los cielos sobre Bagdad han sido iluminados”.

El periodismo es el departamento de agitación del iluminismo convertido en proyecto opresivo tal como lo denunciaron Adorno y Horkheimer en 1947: se diría que los estados mayores periodísticos han leído y estudiado la Dialéctica del Iluminismo, pero esta vez como manual de instrucciones. El iluminismo como sistema de dominación implica un fuerte contenido de positivismo y de materialismo vulgar, donde las únicas cosas que se nombran son las que existen “objetivamente”, cada cosa que existe tiene sólo por eso la dignidad de una verdad, “la única verdad es la realidad”, la especulación está prohibida y se debe callar de aquello de lo que es difícil hablar. El iluminismo se convierte en los focos de un benévolo campo de concentración universal, de satélites y radares que no sirven tanto para esclarecer como para controlar, fijar, situar, inmovilizar, detener, cosificar, contabilizar. Y la alianza del iluminismo opresivo con el periodismo consiste en la tarea de desencantar, desublimar y destruir cualquier trascendencia que se aparte de la lógica del mercado, de su impersonal sistema de equivalencias, pesas y medidas. La ideología de esta alianza es el progresismo.

La relegitimización moderna del periodismo como agente iluminista comenzó en las sociedades desarrolladas con el escándalo de Watergate en 1972, que elevó al periodista a la posición de fiscal y terminó con la caída del presidente Nixon. La investigación, el exposé y la denuncia se pusieron a la orden del día, como si fuera un intento de sustituir con inofensivos ataques a figuras del sistema la reprimida y en el fondo añorada potencia de reflexión crítica, y el periodismo empezó a verse crecientemente a sí mismo como según el argumento cinematográfico del inconformista y solitario reportero que libra contra poderes inmensos y siniestros una batalla desesperada, quijotesca, pero finalmente triunfante. Los periodistas supieron aprovecharse muy bien del fuerte momento de paranoia universal del hombre común desposeído y alienado, alentaron toda su desconfianza hacia las instituciones y luego se propusieron como la institución de reemplazo, como su agente jacobino y como su Robin Hood. Que haya políticos que mientan siempre resultó muy ventajoso para el periodismo, ya que entonces eso quiere decir que la prensa dice la verdad. El crédito de los periodistas creció, como si fuera un voto de protesta contra el Establishment, aunque éste en el fondo daba la bienvenida a las operaciones de limpieza correctiva del periodista disfrazado como justiciero popular. Los cínicos se consolaron: si la gente ya no creía en los políticos, por lo menos con los periodistas seguía creyendo en algo. La intervención revelatoria y denunciante del periodismo también fue decisiva para la terminación de la guerra de Vietnam, a tal punto que muchos generales pensaron que la guerra se había perdido en los aparatos de TV en los living-rooms de los hogares de Estados Unidos (El izquierdismo sesentista coloreaba todo esto en un rosado pálido).

Una modesta proposición

El periodismo siempre se vinculó al poder, expresándolo, deseándolo o queriendo destruirlo; siempre encontró referencia en el Estado, y se postuló como una especia de Estado ideal. Sin embargo, la imbricación del periodismo con el poder después de cumplidas las revoluciones burguesas mostró que la relación no era unilateral ni simple y ahora ya es lícito preguntarse quién condiciona a quién, si el poder formal al periodismo o viceversa, o si el periodismo no ha trascendido en realidad ya al poder formal, y no será como fuerza dominante de la ideología y conciencia, el espacio del poder real.

La dependencia del poder democratizado respecto de la opinión pública depositó una fuerza inédita en manos de los periodistas, que empezaron a ser cortejados y manipulados por un poder oficial que encontró que la vida sin el periodismo era imposible: los funcionarios del Pentágono, por ejemplo, filtrarían a la prensa secretos del gobierno para desequilibrar a su favor una puja interna; los presidentes empezaron a calcular la hora de su discurso de modo de poder “hacer” o evitar las noticias televisivas en la hora de mayor audiencia; los políticos y candidatos programaron sus actividades de modo de usurpar el mayor espacio gratis posible de TV, y los jefes de Estado ya aparecen hoy en los avisos de la CNN diciendo: “Me enteré de la noticia por CNN”. Las grandes negociaciones internacionales se han vuelto torneos por la opinión pública: el poder ha perdido la máscara hermética y enigmática del pasado para convertirse en un conversador compulsivo y en un incontinente chismoso crónico sobre sí mismo.

La manipulación periodística del público se disfrazó en los Estados Unidos de objetividad por medio de un montaje que organizó ideológicamente la noticia mediante una sucesión planificada de golpes emocionales; algo similar hicieron con la prensa escrita donde el ordenamiento de los párrafos, cada uno de los cuales no suele contener más que un solo hecho, se programa para generar determinada deducción. El extremo opuestos se encontró en Francia, donde el periodismo montó un espectáculo de su propia importancia por medio de una intrascendente y vacua cortina de palabras bien fraseadas, en una verborragia seudoensayística y seudoliteraria. El periodismo inglés eligió la forma tal vez más honesta: contar los hechos al tiempo que se opina explícitamente sobre ellos.

La rebelión contestataria contra estas formas más o menos tradicionales y estabilizadas fue el llamado “nuevo periodismo” de los años ’60, una cruza del reportaje con la sensibilidad del autor y con la literatura, que en su forma más exitosa partió en realidad de escritores que usaron técnicas del periodismo y hechos reales para construir obras de literatura a secas (Los ejércitos de la noche, de Norman Mailer, o A sangre fría, de Truman Capote) y que en su versión más pedestre terminó bastardeando tanto periodismo como literatura, ya que sus practicantes eran periodistas y escritores frustrados cuya idea de la literatura, la subjetividad y el estilo no iban mucho más allá de la novela negra o el bestseller de espionaje, y entonces abrían sus notas con cosas como: “Eran las 4 PM. El presidente golpeó la mesa y descerrajó: ‘¡Carajo!'”.

La literaturización, a pesar de estos inicios tentativos (siendo más un rechazo de los establecido que una clara orientación sobre a dónde se quería ir), avanzaría no obstante, como tendencia de época, y llegaría a recorrer con el tiempo el camino desde rebelde outsider a figura consagrada del sistema. Sin duda, algo de ella se había insinuado en clásicos como la revista Time (con su estilo colorido y cinematográfico) e incluso en Primera Plana y otras revistas argentinas de actualidad de los ’60, pero se trataba de productos donde lo político era preeminente y lo literario decorativo, exactamente lo opuesto a lo que ocurrió después. A partir de cierto momento (supongo que entre los ’70 y los ’80) los jefes del periodismo empezaron a darse cuenta de que había que tratar de interesar al lector por métodos nuevos. Ya legitimizado el tiempo productivo, ahora se trataba de entretener y seducir al público, de contarle una maravillosa historia. La última decisión del presidente podía ser perfectamente aburrida, pero no si se contaba cómo estaba vestido, qué chistes hizo y cómo trató a sus ministros. Apareció la cholulez (degradación del snobismo) como método de conocimiento, consistente en la apariencia de violar mágicamente el tabú de la intimidad del poder para dejarlo reforzado después de un breve instante de voyeurismo por interpósita persona periodística, por el que el periodista también recibe cierto lustre residual de “insider”. Las noticias se novelizaron, las notas se convirtieron en capítulos de un incesante folletín.

Un izquierdista ingenuo de los años ’60 podría haber dicho que este era un nuevo instrumento del poder para distraer a las masas de sus tareas históricas, pero la verdad era mucho más evidente, deprimente y temible: se empezó a literaturizar el periodismo para disimular que en realidad no pasa nada. Terminadas la revolución y la oposición, que producían noticias que hubiera urgido conocer en cualquier formato y estilo, el periodismo debió brindar una ficción sustitutiva de actividad histórica. Si la prensa reconociera que no pasa sustancialmente ninguna cosa nueva, si honestamente se llamara a silencio ante la desaparición (que ella misma alentó) de los procesos históricos, a lo mejor el entero sistema de dominación colapsaría por aburrimiento. La gente, que cada vez se habla menos, tiene al diario como pretexto de conversación y pasatiempo del tiempo vacío: información y crucigrama se tocan. La idea del “fin de la historia” escandalizó menos por su audacia o por su procapitalismo que por el secreto temor que todos tenían de que lo que Fukuyama decía pudiera ser cierto: necesitaban callarlo aún antes de entender lo que decía, y en ningún ámbito esta reacción fue más virulenta que entre los periodistas, que se lanzaron a esgrimir sucesos irrelevantes a la tesis -la guerra del Golfo, la desintegración de Yugoeslavia- para rebatir a un antagonista que les hablaba desde el concepto hegeliano de historia.

La gente ya no es culta: es informada. Las conversaciones se vuelven intercambios de cocktail, pases de salón, slogans de estúpidos de Flaubert, contraseñas universitarias mal aprendidas. La capacidad de atención y concentración disminuye. Cualquier intensidad es tachada de “autoritaria”, “terrorista” o “loca”. La filosofía universal es el escepticismo vulgar, el cinismo de barrio. Ya no se sabe leer de verdad: los alumnos de literatura, que en su gran mayoría solo aspiran a volverse apparatchicks de la nomenklatura universitaria, aprenden solamente los fragmentos, las citas y los códigos para pasar los exámenes, y reciben una estructura conceptual cuya frigidez, desapasionamiento y además de necia superioridad analítica frente al objeto jamás les permitirá, por ejemplo, conmoverse con Madame Bovary o reírse con Bouvard y Pecuchet; antes tendrán que hacer la autopsia semiológica y descubrir dónde están el significante, el sintagma y el rizoma, de modo de poder continuar arruinando la sensibilidad de las generaciones venideras. La carrera en boga es Ciencias de la Comunicación, un híbrido que las chicas de barrio estudian para llegar a ser, precisamente, periodistas, como antes estudiaban corte y confección y después quisieron ser psicólogas. Textos con la demanda, la devolución y la riqueza de En busca del tiempo perdido o El hombre sin atributos están fuera del alcance para una generación cuya idea de la duración está formada por el videoclip, y cuya ambición verdadera es tener algún quiosquito de poder. Invirtiendo una frase de los años ’60, habría que desconfiar preventivamente de todos los que tengan menos de 30 años, ya que no vivieron la valentía, la generosidad y el arrojo de las épocas en que la historia parecía viva. Y el destino inevitable de esta época y de esta generación termina siendo el periodismo, que ya organizaba las cosas de este modo antes de que fueran así. Con el tiempo, todo el mundo será periodista, en potencia o en acto.

La resistencia es difícil, y probablemente sin esperanzas. Sin embargo, el sistema, por la misma lógica de su sobreextensión totalitaria ha dejado libre un espacio: la posición del disidente, única figura de oposición posible en una sociedad sin oposición. El disidente es el problemático opositor en sociedades de totalitarismo consensuado, sea en su vieja versión, policial y oscurantista (viejos regímenes del Este) o en su formato iluiminista, progresista, reluciente y moderno. El disidente tiene fundamentalmente un “contra qué” estar, no necesariamente un “para qué”. El disidente correctamente carece de esperanzas en el “proletariado” o el “pueblo” (una manga de canallas con vocación de informantes policiales), pero no cede al consuelo del colaboracionismo progresista y se mantiene en su reflexión crítica solo, estoicamente, le cueste lo que sea, como si fuera un iluminista de nuevo tipo; quizás (para parafrasear libremente a Adorno) como un iluminista negativo.

Ya no es posible reeditar el Iskra, pero sí consumar una modesta proposición: el “diario” aperiódico, que debería salir sólo de vez en cuando (cuando hubiera novedades, cuando hubiera algo nuevo que decir), que resistiera toda lógica y presentación de mercado, renunciara a toda homogeneidad ideológica y se propusiera y circulara como consigna y como forma de reconocimiento y supervivencia de una diáspora de individuos anónimos, asilados y dispersos. El “diario” aperiódico, periódico del antiperiodismo, quizá ni siquiera debería tener nombre.

jueves, 10 de marzo de 2016

La larga agonía de la Argentina peronista... y radical





Con la agudeza que a veces lo caracteriza, el inefable Jorge Asís comenzó a afirmar que la administración de Mauricio Macri es, en realidad, "el tercer gobierno radical". 

Toda la novedad introducida por el PRO y Cambiemos que impacta a propios y extraños se pone en cuestión ante las comparaciones históricas y sus bases estructurales.

Dice Carlos Pagni en su columna de este jueves: "La derrota del peronismo determinó una nueva configuración de la política".

Más adelante agrega: "Los gobernadores ofrecen el mismo pacto. Gobernabilidad a cambio de autonomía federal. Por eso exigen que la Nación restituya a la masa coparticipable de impuestos el 15% que se deriva a la Anses. Macri aceptó una devolución progresiva en cinco años. Lo que parece un trueque burocrático encierra un problema central de los caudillos peronistas: cómo garantizarse los recursos para enfrentar a los candidatos que apoyará en sus distritos el gobierno nacional el año próximo. Detrás de la discusión sobre el reparto de la plata está el conflicto sobre el reparto de los votos."

Luego remata: "Macri debe pulsear para que el PJ no logre su máximo objetivo: un país de provincias ricas y gobierno nacional pobre."

En 1994, Tulio Halperín Donghi escribía lo siguiente sobre el gobierno de Alfonsín: "Pero lo más grave no era que esa táctica ambiciosa no diese los esperados frutos políticos: ella contribuyó más que ningún otro aspecto de la gestión gubernativa al fracaso del Plan Austral, de cuya suerte toda la experiencia radical dependía mucho más de lo que el doctor Alfonsín parecía advertir. En efecto, esa táctica impuso una constante hemorragia de fondos federales, primero para ganar el favor de las administraciones provinciales peronistas, de las que dependía el mantenimiento de un clima favorable en el Senado, y luego para disuadirlas de llevar la oposición hasta extremos inmanejables. Aún en el plano estrictamente político, esa táctica, que sometía al gobierno a una extorsión permanente (así, era un secreto a voces que la benévola neutralidad del poderoso clan Saadi debió ser comprada varias veces, y no sólo con un trato generoso para la provincia de Catamarca que era su feudo), se reveló contraproducente. 

Mientras el gobierno federal llevaba adelante un esfuerzo heroico -y por varios motivos sorprendentemente exitoso- por reducir la incidencia del déficit fiscal (y, como se verá enseguida, daba con ello fuerza a la protesta sindical) y esperaba de las administraciones radiales que no lo abrumaran con sus exigencias (con lo que las preparaba mal para las pruebas electorales que se avecinaban, con consecuencias particularmente catastróficas en la decisiva provincia de Buenos Aires, cuya conquista por el radicalismo, que constituyó la mayor sorpresa de 1983, había asegurado entonces el triunfo de Alfonsín), los peronistas usaban los frutos del sacrificio ajeno para ampliar enormemente el personal de sus administraciones provinciales".

Lo de los esfuerzos "heroicos" se debe seguramente a cierta deformación profesional, que busca introducir cierta épica hasta en el más opaco de los hechos históricos.

Luego explica como esta situación fue aprovechada por Menem en detrimento de Angeloz.

Parece que lo tremendamente "nuevo" de la nueva configuración política, tiene mucho de viejo y la verdadera novedad que es más viejo aún.

Y es bueno recordar que ese ensayito de Halperín Donghi fue escrito para explicar "La larga agonía de la Argentina peronista". Por lo tanto, los que están en frente tampoco están, como se dice, "para tirar manteca al techo".

miércoles, 17 de febrero de 2016

Macri, Onganía y la "devaluación perfectamente descompensada"





El libro "Los compañeros. Trabajadores, izquierda y peronismo. 1955-1973" de Alejandro Schneider analiza la dinámica de la lucha obrera en todo ese periodo, incluido, lógicamente, el gobierno de Onganía.

Cuando describe el programa económico de la autodenominada "Revolución Argentina" (tanto anterior como posterior al nombramiento de Krieger Vasena como Ministro de Economía), se encuentran muchas similitudes con el plan de Macri: "modernización y eficientismo" en el Estado, es decir despidos; apertura de la economía y quita de todo tipo de protección a la industria nacional; devaluación; aumento de tarifas y renovación de deuda con el FMI.

Sin embargo, además de las distintas condiciones internacionales; el plan de Krieger Vasena tenía una diferencia específica no menor: la devaluación del 40% fue, según la definición de Juan C. de Pablo "imperfectamente compensada".

La herramienta de esta imperfecta compensación fue… la "aplicación de impuestos a las exportaciones tradicionales" (hoy más conocidas como "retenciones"), además de la baja de impuestos para la importaciones.

Como parte de su plan antiinflacionario (que tuvo cierto éxito coyuntural), el liberalismo militar reinstaló las retenciones para evitar que sumen presión a la disparada de los precios.

Macri bajó las retenciones a la soja y las eliminó para el resto de las exportaciones tradicionales, por lo tanto su devaluación sería "perfectamente descompensada" (de combinación explosiva con todas las otras medidas inflacionarias). El temprano "descontrol" de los precios parece confirmar que el modelo empieza un poco "descompuesto". 

Ahora buscan una especie de “morenismo soft” (con “precios webeados”, nuevo Indec dibujado y control “civilizado” de la competencia con la creación de una Comisión de Defensa de la Competencia, que amenaza con tener menos éxito que el “control militante”).

Macri esperaba que con una orientación market-friendly desatada, la lluvia de dólares e inversiones caería sobre el país, pero el mercado mundial, hasta ahora, tiene cara de pocos amigos.

El peso relativo de la burguesía agraria (con la desindustrialización pos-dictadura y neoliberalismo, y la tecnificación del campo) cambió seguramente desde aquellos años a hoy. Pero Macri fue corriendo a cumplir lo pactado con la "zona núcleo" del campo argentino (eliminar y bajar retenciones) que a la vez fue el núcleo duro de su base electoral. Compensar a su electorado al “precio” de empujar aún más la “descompensación” de la devaluación (que es descompensada por naturaleza, pero si además se la ayuda…).

Parece que hasta la Revolución Argentina (a la que, no hay que olvidarlo, se la llevó puesta el Cordobazo con “compensación” incluida) tuvo más pruritos "nacionalistas" o “dirigistas” que la pragmática "revolución de la alegría”.

Ahora dicen que bajar la inflación tardará años y a dos meses de tomar las riendas de la administración, la CEOcracia fanáticamente liberal mira crecer los precios desde abajo.   


  

jueves, 28 de enero de 2016

Cero a la derecha

El dossier de la revista Panamá sobre Claudio Uriarte y su Almirante Cero, junto a la lectura del libro, inspiraron este post.  



Almirante Cero de Claudio Uriarte puso en cuestión en los tempranos años noventa las distintas historias oficiales en torno a la última dictadura militar.

La historia narrada por la síntesis de los discursos y condenas de los organismos de derechos humanos, y la historia de quienes por derecha defendían a los jerarcas militares que supuestamente habían salvado a la Nación y evitado su ruina eterna.

Hay un primer mérito del libro de Uriarte: la demostración de que hasta en los años en los que parecía que el poder emanaba mecánicamente de la punta del fusil o de las mazmorras de los centros clandestinos, la política actuaba y sus leyes regían hasta a los hechos armados. La dictadura fue la continuación de la política por otros medios ("decretos de aniquilamiento"). No se suspendió la política -como comúnmente se cree-, sino que se la llevó a cabo por medios que contenían episodios de guerra civil.

El Cordobazo abrió un periodo de aguda lucha clases que se transformó en lucha política y una experiencia colectiva que desafió seriamente al régimen del capital y tomó la forma de una “guerra sucia” contra un enemigo común: la clase obrera.

Las organizaciones guerrilleras podían ser un casus belli (Uriarte dixit) para el plan genocida, pero no su fundamento último ni esencial. No irrumpió una sociedad que enloqueció de soberbia y quiso resolver sus problemas a los tiros, sino un serio riesgo de que las clases dominantes perdieran sus privilegios. Los agentes militares pusieron la casa en orden y a cada uno en su lugar. En este punto Uriarte fue precursor de un “cuarto relato” que emergió unos cuántos años después.

El segundo acierto del libro es que detecta el punto ciego de cierto “derechohumanismo”, las contradicciones de su propio discurso y hasta de sus demandas. Un movimiento valiente y progresivo que con el motor de la búsqueda de justicia por sus muertos denunció y desnudó el terror al que puede recurrir el Estado, identificó a sus responsables y habilitó los juicios. Sin embargo, la igualación del hombre abstracto con derechos universales no explica la configuración concreta de la sociedad dividida en clases. La sociedad en la que el trabajador sabe que sus escasos derechos terminan donde empieza una constitución entera al servicio de la propiedad privada. La misma que anula la democracia en el “estado de excepción” que gobierna con mano de hierro en el territorio de la tiranía fabril (o empresarial). De esa sociedad emergió el llamado “Proceso” y encontró raíces en sus derrotas, en sus errores y en las tragedias de sus intentos revolucionarios. Esa experiencia de poco más de un lustro, que vista desde hoy puede considerarse el último gran “ensayo general”.

La descripción de la dialéctica de la victoria en la derrota (y viceversa) es el tercer notable aporte de Almirante Cero. Alfonsín como el mejor producto político civil de la dictadura militar, es decir, de Massera. Audaz.

El militante reconvertido en ciudadano como el resultado de la encarnación de una “democracia de la derrota”. El triunfo de la democracia sobre el fracaso de la revolución: una democracia pos-contrarevolucionaria.

El ciudadano que autocensura sus aspiraciones y no imagina un más allá de la democracia burguesa. “Ustedes están acá porque nosotros ganamos” dice más o menos Massera en su alegato final y hay un grano de verdad en la afirmación que Uriarte resalta en el texto con la destreza de los que no necesitan recurrir a las negritas.

El final amargo de la fiesta democrática ciudadana de los ochenta -con la hiperinflación y el quiebre económico-, abrió paso al ciudadano consumista de los noventa.

Para contener el pos-2001 (que fue una primera reversión del legado de la dictadura), el kirchnerismo realiza una mélange entre una reivindicación general y acuosa de los setenta como “enfermedad infantil”, tamizado por los derechos humanos de los ochenta, bajo la estructura del consumismo de los noventa.

En el terreno económico fue posneoliberal en tres sentidos: porque temporalmente vino después del neoliberalismo, porque se constituyó sobre sus bases y porque impulsó tímidas incursiones sobre algunos de sus postulados, sin alterar el núcleo duro que en algunas áreas reafirmó y profundizó (precarización, minería). 

En la escena política se erigió como una especie de etapa superior del alfonsinismo. Levantó las banderas del “derechohumanismo” e impulsó el consumo para todos y todas. Consumismo + derechos humanos, bajo el manto de una reivindicación moral de una juventud militante maravillosa, única, pero sobre todo irrepetible en sus contornos más disruptivos. Militancia ligth para consumo interno de una minoría intensa y consumismo “militante” para mayorías pasivas (o pasivizadas).

No es casualidad que para su operación de restauración del “país normal”, el kirchnerismo haya tenido que recurrir al último “ensayo general” de cuestionamiento al orden del capital, aunque lo hizo mediante una de sus figuras más burguesmente difusa: Héctor Cámpora, el tío. En aquellos años, el cuento del tío actuó como puente para el retorno del último Perón (el del “peornismo”) y en la última década cumplió la función de una transición para el regreso del pejota. Ahí está La Cámpora, haciendo honor a su nombre, enfrascada en una campaña de afiliación “masiva” a un PJ colmado de figuras que tienen casi todos los vicios del General y ninguna de sus virtudes.

El kirchnerismo fue a rescatar esa experiencia en los marcos y límites impuestos por la derrota: bajo el balance despolitizado del Nunca Más, con prólogo reformado y "repolitizado" pero sin cambio sustancial del “marco estratégico” legado por la dictadura, cuyo cerebro más inquietante y perverso fue el Almirante Cero. El hombre que fracasó en todos sus intentos de continuidad política en la vida civil, mientras triunfaba en su función histórica.

El carácter endeble y gaseoso de los supuestos “avances” de las últimas tres décadas queda expuesto en la facilidad con la que la “nueva derecha” retorna al kilómetro cero del andar de la democracia que parió el “Proceso”. Un camino que formalmente no fue pura impunidad, hubo juicio y algunos castigos a jerarcas que ya eran irreales por innecesarios, mientras se salvaba al conjunto del régimen político y social. 

Este límite queda en evidencia en el celo con el que todos guardaron los archivos bajo siete llaves, tanto bajo el alfonsinismo, el menemismo (su versión “blanca”: la Alianza), como bajo el kirchnerismo.

Los archivos nunca se abrieron porque desnudarían a todos los agentes del “Proceso”, los pilares que lo sostuvieron y sus verdaderos objetivos. Porque no se puede juzgar históricamente a la dictadura si no se establece rol histórico de la democracia, anterior y posterior al golpe.



El demoníaco rostro del Almirante Cero y sus cómplices de las Juntas fueron sólo el instrumento sangriento y salvaje del que se valieron los dueños del país para ponerse a salvo a cualquier precio. 

El fin justificó los medios y una vez garantizado el fin (“aniquilar” la insurgencia obrera) tenía que acabarse la rabia. El uso de la justa causa de Malvinas, fue un intento de perpetuarse en el poder, pero la indigna derrota apuró su salida con el concurso de la movilización popular.

Almirante Cero narra el álgebra y la mecánica de esa contrarrevolución, de las huellas profundas que dejó en la sociedad y la determinación que ejerció sobre el personal político del régimen constitucional.

Massera quiso ser tanto el jefe militar y estratega de la contrarrevolución como el líder político de la reacción democrática.

Pero el “Proceso” había cumplido su misión y el Almirante Cero era el candidato del “Proceso”. Murió políticamente cuando murió la dictadura como proyecto político extremo de los dueños de la patria. La casa estaba en orden y el capital podía (y debía) volver cubrirse con su mejor envoltura. Almirante Cero comenzó tempranamente a develar qué se escondía detrás de la nueva fachada de una democracia con oscura herencia, con el plus de una narración que contiene todos los condimentos cautivantes del siempre polémico “género culpable”.  . 




martes, 12 de enero de 2016

Siete años sin Alejandro "Bocha" Sokol




Hace siete años se le reventaba el corazón al "Bocha" Sokol en la estación de ómnibus de Río Cuarto (Córdoba) y entristecía el corazón de una generación (o varias). 

El momento de "El Cazador" era una pausa en el pogo soft de Las Pelotas, donde cada uno pensaba a qué cazador había querido tomar por presa. 

Quizá la cosa era más amplia y justo en el momento en el que, como se dice, creíamos ir la "conquista del mundo", nos íbamos dando cuenta de que estábamos en el fondo de una sucia prisión. 

Nuestro recuerdo y nuestro homenaje.