jueves, 28 de enero de 2016

Cero a la derecha

El dossier de la revista Panamá sobre Claudio Uriarte y su Almirante Cero, junto a la lectura del libro, inspiraron este post.  



Almirante Cero de Claudio Uriarte puso en cuestión en los tempranos años noventa las distintas historias oficiales en torno a la última dictadura militar.

La historia narrada por la síntesis de los discursos y condenas de los organismos de derechos humanos, y la historia de quienes por derecha defendían a los jerarcas militares que supuestamente habían salvado a la Nación y evitado su ruina eterna.

Hay un primer mérito del libro de Uriarte: la demostración de que hasta en los años en los que parecía que el poder emanaba mecánicamente de la punta del fusil o de las mazmorras de los centros clandestinos, la política actuaba y sus leyes regían hasta a los hechos armados. La dictadura fue la continuación de la política por otros medios ("decretos de aniquilamiento"). No se suspendió la política -como comúnmente se cree-, sino que se la llevó a cabo por medios que contenían episodios de guerra civil.

El Cordobazo abrió un periodo de aguda lucha clases que se transformó en lucha política y una experiencia colectiva que desafió seriamente al régimen del capital y tomó la forma de una “guerra sucia” contra un enemigo común: la clase obrera.

Las organizaciones guerrilleras podían ser un casus belli (Uriarte dixit) para el plan genocida, pero no su fundamento último ni esencial. No irrumpió una sociedad que enloqueció de soberbia y quiso resolver sus problemas a los tiros, sino un serio riesgo de que las clases dominantes perdieran sus privilegios. Los agentes militares pusieron la casa en orden y a cada uno en su lugar. En este punto Uriarte fue precursor de un “cuarto relato” que emergió unos cuántos años después.

El segundo acierto del libro es que detecta el punto ciego de cierto “derechohumanismo”, las contradicciones de su propio discurso y hasta de sus demandas. Un movimiento valiente y progresivo que con el motor de la búsqueda de justicia por sus muertos denunció y desnudó el terror al que puede recurrir el Estado, identificó a sus responsables y habilitó los juicios. Sin embargo, la igualación del hombre abstracto con derechos universales no explica la configuración concreta de la sociedad dividida en clases. La sociedad en la que el trabajador sabe que sus escasos derechos terminan donde empieza una constitución entera al servicio de la propiedad privada. La misma que anula la democracia en el “estado de excepción” que gobierna con mano de hierro en el territorio de la tiranía fabril (o empresarial). De esa sociedad emergió el llamado “Proceso” y encontró raíces en sus derrotas, en sus errores y en las tragedias de sus intentos revolucionarios. Esa experiencia de poco más de un lustro, que vista desde hoy puede considerarse el último gran “ensayo general”.

La descripción de la dialéctica de la victoria en la derrota (y viceversa) es el tercer notable aporte de Almirante Cero. Alfonsín como el mejor producto político civil de la dictadura militar, es decir, de Massera. Audaz.

El militante reconvertido en ciudadano como el resultado de la encarnación de una “democracia de la derrota”. El triunfo de la democracia sobre el fracaso de la revolución: una democracia pos-contrarevolucionaria.

El ciudadano que autocensura sus aspiraciones y no imagina un más allá de la democracia burguesa. “Ustedes están acá porque nosotros ganamos” dice más o menos Massera en su alegato final y hay un grano de verdad en la afirmación que Uriarte resalta en el texto con la destreza de los que no necesitan recurrir a las negritas.

El final amargo de la fiesta democrática ciudadana de los ochenta -con la hiperinflación y el quiebre económico-, abrió paso al ciudadano consumista de los noventa.

Para contener el pos-2001 (que fue una primera reversión del legado de la dictadura), el kirchnerismo realiza una mélange entre una reivindicación general y acuosa de los setenta como “enfermedad infantil”, tamizado por los derechos humanos de los ochenta, bajo la estructura del consumismo de los noventa.

En el terreno económico fue posneoliberal en tres sentidos: porque temporalmente vino después del neoliberalismo, porque se constituyó sobre sus bases y porque impulsó tímidas incursiones sobre algunos de sus postulados, sin alterar el núcleo duro que en algunas áreas reafirmó y profundizó (precarización, minería). 

En la escena política se erigió como una especie de etapa superior del alfonsinismo. Levantó las banderas del “derechohumanismo” e impulsó el consumo para todos y todas. Consumismo + derechos humanos, bajo el manto de una reivindicación moral de una juventud militante maravillosa, única, pero sobre todo irrepetible en sus contornos más disruptivos. Militancia ligth para consumo interno de una minoría intensa y consumismo “militante” para mayorías pasivas (o pasivizadas).

No es casualidad que para su operación de restauración del “país normal”, el kirchnerismo haya tenido que recurrir al último “ensayo general” de cuestionamiento al orden del capital, aunque lo hizo mediante una de sus figuras más burguesmente difusa: Héctor Cámpora, el tío. En aquellos años, el cuento del tío actuó como puente para el retorno del último Perón (el del “peornismo”) y en la última década cumplió la función de una transición para el regreso del pejota. Ahí está La Cámpora, haciendo honor a su nombre, enfrascada en una campaña de afiliación “masiva” a un PJ colmado de figuras que tienen casi todos los vicios del General y ninguna de sus virtudes.

El kirchnerismo fue a rescatar esa experiencia en los marcos y límites impuestos por la derrota: bajo el balance despolitizado del Nunca Más, con prólogo reformado y "repolitizado" pero sin cambio sustancial del “marco estratégico” legado por la dictadura, cuyo cerebro más inquietante y perverso fue el Almirante Cero. El hombre que fracasó en todos sus intentos de continuidad política en la vida civil, mientras triunfaba en su función histórica.

El carácter endeble y gaseoso de los supuestos “avances” de las últimas tres décadas queda expuesto en la facilidad con la que la “nueva derecha” retorna al kilómetro cero del andar de la democracia que parió el “Proceso”. Un camino que formalmente no fue pura impunidad, hubo juicio y algunos castigos a jerarcas que ya eran irreales por innecesarios, mientras se salvaba al conjunto del régimen político y social. 

Este límite queda en evidencia en el celo con el que todos guardaron los archivos bajo siete llaves, tanto bajo el alfonsinismo, el menemismo (su versión “blanca”: la Alianza), como bajo el kirchnerismo.

Los archivos nunca se abrieron porque desnudarían a todos los agentes del “Proceso”, los pilares que lo sostuvieron y sus verdaderos objetivos. Porque no se puede juzgar históricamente a la dictadura si no se establece rol histórico de la democracia, anterior y posterior al golpe.



El demoníaco rostro del Almirante Cero y sus cómplices de las Juntas fueron sólo el instrumento sangriento y salvaje del que se valieron los dueños del país para ponerse a salvo a cualquier precio. 

El fin justificó los medios y una vez garantizado el fin (“aniquilar” la insurgencia obrera) tenía que acabarse la rabia. El uso de la justa causa de Malvinas, fue un intento de perpetuarse en el poder, pero la indigna derrota apuró su salida con el concurso de la movilización popular.

Almirante Cero narra el álgebra y la mecánica de esa contrarrevolución, de las huellas profundas que dejó en la sociedad y la determinación que ejerció sobre el personal político del régimen constitucional.

Massera quiso ser tanto el jefe militar y estratega de la contrarrevolución como el líder político de la reacción democrática.

Pero el “Proceso” había cumplido su misión y el Almirante Cero era el candidato del “Proceso”. Murió políticamente cuando murió la dictadura como proyecto político extremo de los dueños de la patria. La casa estaba en orden y el capital podía (y debía) volver cubrirse con su mejor envoltura. Almirante Cero comenzó tempranamente a develar qué se escondía detrás de la nueva fachada de una democracia con oscura herencia, con el plus de una narración que contiene todos los condimentos cautivantes del siempre polémico “género culpable”.  . 




martes, 12 de enero de 2016

Siete años sin Alejandro "Bocha" Sokol




Hace siete años se le reventaba el corazón al "Bocha" Sokol en la estación de ómnibus de Río Cuarto (Córdoba) y entristecía el corazón de una generación (o varias). 

El momento de "El Cazador" era una pausa en el pogo soft de Las Pelotas, donde cada uno pensaba a qué cazador había querido tomar por presa. 

Quizá la cosa era más amplia y justo en el momento en el que, como se dice, creíamos ir la "conquista del mundo", nos íbamos dando cuenta de que estábamos en el fondo de una sucia prisión. 

Nuestro recuerdo y nuestro homenaje.


domingo, 10 de enero de 2016

La Revolución Libertadora y la Revolución de la Alegría




Hay en cierto kichnerismo estético un intento de identificar la situación que se vive a partir de su salida del poder, con la caída del primer peronismo. El objetivo es poner un signo igual entre la "Revolución Liberadora" y la "Revolución de la Alegría". 

Las comparaciones además de odiosas, a veces pueden ser también bizarras. Casi que no hay punto de comparación, partiendo del hecho de que el kirchnerismo tuvo mucho más continuidades en el cambio de lo que tuvo la experiencia por excelencia del nacionalismo burgués criollo encabezado por Perón, con respecto al régimen anterior; o el más evidente, el macrismo llegó al poder por elecciones y no constituye un régimen militar.

Sin embargo, con estas salvedades, en el álgebra de la dinámica política y de clases pueden encontrarse puntos de contacto, bajando mil cambios la intensidad de los fenómenos en cuestión o tomando esos puntos en su justa medida y armoniosamente. 

Afirma Claudio Uriarte en El Almirante Cero. Biografía no autorizada de Emilio Eduardo Massera: "El intento de preservar el orden sin el peronismo, y el intento peronista de volver al poder sin perturbar el orden burgués terminaban constituyendo, de este modo, la paradójica fórmula del desorden, la inestabilidad y la crisis política permanente: no había gobierno que pudiera sostenerse sin el apoyo político de Perón, pero el golpe de 1955 inauguraba un ilevantable veto militar sobre cualquier experimento que recreara la participación de Perón en el escenario político. La extrema rigidez y el conservadurismo de las Fuerzas Armadas, junto a la extrema cautela y prudencia el jefe del movimiento peronista, terminaban, de este modo, forzando un desbalance paradójico para un drama político donde todos eran conservadores: la Revolución."

Y  más adelante explica: "El qué del peronismo era probablemente insignificante, y quizá no difiriera esencialmente de lo que hubiera hecho cualquiera en esas condiciones económicas sobresalientes de la Argentina. El cómo, en cambio, era profundamente perturbador, porque constituía la legalización del movimiento de masas en el universo político, la entrada de los trabajadores a la ciudadela política que antes había estado celosamente restringida a la oligarquía y a la clase media. Justamente, cuando los marinos cuestionaban el cómo, el estilo, ponían el dedo en la llaga quizá sin advertirlo del todo ya que esa democratización aluvional, ese mamarracho neocorporativista y esa cursilería cultural en que se resumió el primer peronismo, con sus constantes apelaciones a la sabiduría y la bondad del pueblo, constituían la forma imperfecta, el lenguaje a medias, para unas masas que recién comenzaban a expresarse. El cómo era el único elemento genuinamente progresivo del peronismo."

Esta última frase es a una exageración benévola para con el peronismo, quizá ese cómo haya sido en realidad el elemento más reaccionario, justamente por ser el más falso, el que encubría la esencia conservadora del peronismo, el relato que escondía la realidad de que -pese a que no lo reconozcan las clases dominantes-, había sido el hecho bendito del país burgués (o el hecho maldito para el subsuelo de la patria tan sublevado como contenido). 

Parece que un destino trágico condicionó al peronismo para no poder completar nunca el tránsito de partido de la contención a partido del orden. Ni en el '55 ni en el '74/75, ni en el 2015 (el menemismo es otro cantar, fue una extensión de la derrota y el orden que impuso el genocidio). 

El primer peronismo surgió como movimiento de anticipación, para evitar la radicalización de las masas obreras (un objetivo muchas veces confesado por el mismo Perón), el retorno se produjo para frenar esa radicalización, que de todos modos se produjo luego de que Perón declinara de la lucha "para evitar un baño de sangre".

El kirchnerismo emergió como movimiento de desvío de una crisis orgánica y una situación de convulsión social y radicalización política (aunque sin la impronta clásica de la clase obrera), y luego, como el primer peronismo, aprovechó condiciones internacionales e internas que habilitaron el crecimiento económico. 

Finalmente, se preparaba para completar el tránsito hacia la moderación que tenía nombre y apellido: Daniel Osvaldo Scioli, un hombre que no tiene problemas con la realidad, simplemente porque le gusta tal cual es. 

Muchas veces afirmamos que el kichnerismo produjo mucho más relato del que es capaz de satisfacer, ese fue el cómo que molestó a fracciones de las clases dominantes y una de las llaves de su capacidad de pasivización.

La "Revolución de la Alegría" hoy cuestiona los símbolos más estridentes del cómo del kirchnerismo: la llamada Ley de Medios que no había afectado sustancialmente los intereses de las corporaciones, las posiciones en la Justicia que nunca avanzaron genuinamente sobre la corporación judicial, las expresiones culturales como el CCK, los aparatos de comunicación o el presunto excesivo estatismo que en términos de condiciones laborales de los empleados públicos mantuvo una precariedad sorprendente y en términos de avances sobre las empresas nunca fue más allá de algunos roces. 

La radicalidad de las medidas a favor del capital para salir de la crisis en la que estaba la economía argentina y que son en su totalidad en contra de los trabajadores y las mayorías populares, se manifiestan hoy en quinta y a fondo.

Un gobierno Scioli hubiese seguido con matices una hoja de ruta similar de ajuste, podía diferir en los ritmos y en el nivel de negociación, pero no en sus objetivos. Esto por el simple hecho de que otro camino implicaba afectar los intereses del las empresas y de la oligarquía, medidas contrarias a la naturaleza del ex- candidato del FpV y de su coalición.

Un burócrata sindical afirmó recientemente que "este gobierno tiene reversa", aunque hasta ahora ha retrocedido en poco y nada, a golpes de Ceocracia y decretismo. 

En este contexto se produce la otra paradoja que puede compararse en términos algebraicos: la extrema rigidez y el conservadurismo de la nueva administración, junto a la extrema cautela y prudencia los jefes del movimiento peronista.

Las potencialidades y límites de esa paradoja se verán en el desarrollo de las próximas coyunturas que constituirán de conjunto una nueva etapa. Los condicionantes estructurales para que la clase trabajadora imponga su sello están a la vista de todos, tanto como su evidente recuperación social en los últimos años. El pueblo no pide sangre, como para poder afirmar que estamos cerca de la revolución. Pero si se sostiene esta paradójica fórmula, el desorden, la inestabilidad y la crisis política permanente están más que aseguradas, elementos que siempre son la antesala (con los tiempos que se toma la historia para resolver sus dramas) de grandes acontecimientos. 




  


domingo, 27 de diciembre de 2015

La "fuga" que no fue magia





La "fuga" de los hermanos Cristian y Matín Lanatta, junto a Víctor Schilacci, condenados por el triple crimen de General Rodríguez, desató la primera crisis de magnitud de la administración de María Eugenia Vidal.

sábado, 26 de diciembre de 2015

Los siete días aleatorios que conmovieron a Berazategui




Estamos con esto de la literatura conurbana. Pablo Ramos, Juan Diego Incardona y Leonardo Oyola son tres de los más destacados representantes de la narrativa de esa terra incógnita. Uno del sur y dos del oeste.

Incardona afirmó alguna vez que quienes escriben sobre/desde el conurbano es difícil que puedan elegir alguna forma de realismo o costumbrismo para narrar historias desde un territorio donde permanentemente la realidad supera la ficción. 

Un autor menos conocido, Fabián Cesar Casas, también eligió los relatos de ficción para escribir una literatura que tiene a su ciudad (que también es la mía) como escenario. En un libro de cuentos que se llama "La situación gravitatoria de Berazategui y otros cuentos micropatrióticos", este profesor de química y física, que además es andinista, piloto de avión, trompetista y practicante de Kung fu; escribió un cuento que lleva como título "La semana aleatoria: Crónica de un experimento social".

Una historia de los años ochenta del siglo pasado, cuando los que alguna vez fueron llamados los "lománticos" tuvieron un triunfo colosal sobre la esquemática rutina de la vida, una victoria a la que aspira toda la humanidad: derrotaron al lunes.

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La semana aleatoria: Crónica de un experimento social
Fabián Cesar Casas

Todo el mundo se queja del lunes, pero ese mal universal alguna vez fue temporalmente derrotado.
Los hombres y las mujeres de la primera administración comunal de Berazategui protagonizaron acaso la más revolucionaria mejora en la vida social de todos los tiempos. El asombroso experimento que la Municipalidad pondría en marcha el primero de marzo de 1984 determinaría el triunfo definitivo de la imaginación sobre el poder, como el arte sobre los efectos especiales, o el talento sobre los sintetizadores y samplers. Bastó una sola hora de debate en el Honorable Concejo Deliberante para sancionar la legendaria ordenanza.

Desde esa fecha en adelante, la semana sería aleatoria. De esta manera, Berazategui derrotó al lunes. Rápidamente se organizó un calendario móvil que se armó sobre una tela naútica donada por un vecino de pasado marino, todo un símbolo que alcanzó su completo tamaño profético cuando tres trabajadores municipales desplegaron el almanaque gigante desde la terraza del palacio municipal, cubriendo por completo la fachada sur, dedicada exclusivamente a los ventiletes de los baños. Así zarpó la imaginaria nave de la revolución social, tripulada por los jóvenes ediles y pilotada por el querido intendente. Ocupando toda la extensión de la tela, resultando un alto de 15 metros en total, se situaba el número identificador de la fecha, conformado por una o dos cifras de chapa pintada de negro o rojo, según correspondiera. Arriba del número, se colocaba un cartel con el nombre del mes, el cual quedaba fijo durante todo el transcurso del corriente. Debajo de la fecha, y más grande que el cartel del mes, se colocaba el trozo de chapa pintado que decía el día de la semana que le correspondía. Todas las noches, una comisión formada por los representantes de las fuerzas cívicas asistía a la extracción de la bolilla que determinaría que día de la semana sería el siguiente, cuyo reinado comenzaría a la medianoche exacta. Un boy scout de la agrupación General Paz era el encargado de anunciar en viva voz pueril el día de la semana extraído. Entonces una suerte de algarabía se apoderaba del hall municipal, donde las voces de alegría y sorpresa “Menos mal que mañana es miércoles, que tengo turno con el dentista”, se mezclaban con las de desilusión “Uh… con el lindo día que va a ser! Mirá si no podría haber tocado sábado, para ir al parque Pereyra”. La vida de la joven comuna se vio entonces saludablemente sacudida por el impacto de la nueva normativa. 

El público vivía cada día desconociendo qué le depararía el siguiente. Podría ser lunes, domingo, jueves, o incluso el mismo martes que estaban viviendo, pues nada impedía que un mismo día se repitiese tanteas veces como el azar lo quisiera, pero transcurrido el primer mes se vio que las leyes de la matemática secreta del cosmos no tenían una capítulo especial para la ciudad de Berazategui. Una comisión formada por dos profesores de álgebra y geometría del Instituto Politécnico se abocaron a vigilar la aparición estadísticamente esperable de los diferentes días a medida que se producía el sorteo diario. Las consecuencias comerciales fueron las primeras en evidenciarse en una ciudad acostumbrada a girar alrededor de la principal arteria, es decir, la calle 14. Las carnicerías pasaron a vender asado todos los días, puesto que potencialmente cada día de mañana podía ser un domingo. Las panaderías, de la misma manera, duplicaron la venta de pan, porque el día siguiente podía ser lunes. El periódico “La Palabra”, que aparecía los jueves, comenzó a imprimir ediciones de emergencia puesto que cada cierre de redacción podía terminar en prensa. Finalmente se convirtió en un diario. El tambo Barzola acomodó su régimen de entrega de lácteos para que no faltara leche ningún día de la semana, por muy domingo que fuera en el resto del mundo. Felizmente, las frutas y verduras provenían de las quintas de Hudson, donde regía, por supuesto el calendario local. Pronto se evidenciaron los cambios profundos que la semana aleatoria causaba en el tejido social. Los niños dejaban de hacer los deberes para mañana, esperanzados en la aparición de un domingo o sábado como día siguiente. Por otro lado, las parejas de novios recuperaban la frescura perdida tras meses, o años, de estrictas citas jovianas. Cada día de mañana era una incertidumbre deliciosa o amenazante, según el una incertidumbre deliciosa o amenazante, según el caso. Los domingos en particular perdieron su poder cáustico sobre el blando tejido del alma sureña para dar lugar a la esperanza, fundada por la experiencia, de que el día siguiente difícilmente fuera lunes. Incluso se había dado el caso de repetición de domingos, y fines de semana largos de tres días. Los detractores y contreras empedernidos, metástasis del riñón opositor, se empecinaban en negar la vigencia de la semana aleatoria, acudiendo a la propalación subversiva de las transmisiones radiales de las emisoras de la capital a viva voz por los combinados hogareños y los pasacasettes de sus autos. “¿No ven, boludos, que para el resto del país es martes?” “Vayan a laburar, manga de vagos” eran los gritos admonitorios que se oían a veces, durante el fin de semana local, desde los alrededores de los centros de recreación, como el club Ducilo o, ya en el colmo de la desfachatez temeraria de estos agitadores, las mismísimas piletas de Plátanos, localidad cuna del intendente.

Tras siete u ocho meses de continua felicidad y mientras algunos estaban pensando en los festejos del primer aniversario de la semana aleatoria, bajo el slogan “En esta ciudad desalojamos a la tristeza”, la intelectualidad que solía reunirse en la biblioteca Manuel Belgrano exponía sus temores. Para algunos, era evidente que Berazategui no resistiría por mucho tiempo más la embestida de los grupos hegemónicos que pugnaban por impedir que el ejemplo revolucionario se propagara por el resto del país. Florencio Varela y Almirante Brown ya habían empezado a estudiar los respectivos proyectos de ordenanza para adoptar la semana aleatoria. Incluso se había formado una mesa coordinadora cuyos integrantes estaban pensando en un sistema unificado de día semanal para todo el conurbano. La mayor parte de los gremios provenientes de la combativa CGT Brasil habían saludado con alegría la iniciativa. Sin embargo, el gobierno nacional guardaba un silencio preocupante. Algunos de los políticos locales, otrora militantes de la izquierda peronista, sostenían que había que prepararse para defender la conquista lograda contra el sistema semanal fijo. Como era de esperarse, a pesar del intenso debate interno, la iglesia local se expidió a favor del sistema antiguo, amparándose en su discutible autoría papal. “Ya tenemos la iglesia en contra, nos la quieren dar como al General en el 55” dijo el famoso militante y fotógrafo social “Pampa” López, durante un acto a favor de la insurrección sandinista realizado en el centro cultural Rigolleau.

Para muchos, fue una declaración de guerra. Por esa altura, además, arreciaban a las denuncias difamatorias contra el sistema. Se decía que los sorteos del día estaban comprados; que los boy scouts eran hijos de funcionarios municipales interesados en hacer salir un día antes que otro; que los dueños del bingo habían ofrecido una fortuna a los ediles para que privatizaran el sorteo y toda clase de denuncias con muy poco fundamento, pero bastante aptitud mediática. Los rumores iban y venían desde los centros neurálgicos de la ciudad hasta los suburbios: las calles del centro, la 14, la Mitre y la 21, eran escenarios casi diarios de actos a favor del gobierno y repentinas caravanas de opositores que hacían sonar sus bocinas mientras gritaban “¡Negros vayan a trabajar!” La calle 148, ex 31, era un polvorín. Las multitudes que salían de la misa del domingo se encontraban con la populosa fila de compradores de la fábrica de pastas “La Torinesa”, mayoritariamente comprometida con el almanaque local, armándose trifulcas interminables. “¡Si no es domingo, para qué van a la iglesia, culos rotos!”, “¡Por cada domingo de mentira, van a pagar cinco lunes seguidos, negros cabeza!” eran algunos de los insultos que cruzaban los bandos enfrentados. La señal inequívoca del inminente golpe la dio una columna publicada en el New York Times a cuyo título “Argentina sigue siendo un país poco previsible” seguía un artículo donde se decía que en algunas de sus ciudades los lugareños no sabían ni en qué día vivían. Al conocerse la noticia, un grupo enfurecido partió del corralón municipal a bordo de un camión de recolección para ir a confiscar un ejemplar de la publicación imperialista. No lo consiguieron ni en el quiosco de la catorce ni en el puesto de Ducilo, de manera que fueron para Quilmes a ver si había algún quiosco que lo vendiera. La administración de la vecina ciudad, de signo político contrario, aprovechó la inofensiva incursión para multar al camión municipal y a su conductor por llevar gente en la caja. Siguió una discusión que finalmente demandó la intervención discusión que finalmente demandó la intervención de la policía, terminando los cinco obreros municipales presos. Durante horas se debatió en la Municipalidad sobre los pasos a dar para recuperar a los compañeros capturados. Los más moderados aconsejaban prudencia, mientras que los más exaltados decían que no valía la pena vivir en una comunidad libre a costa del encierro de sus habitantes. A medida que avanzaba la noche, la gente comenzó a reunirse en el playón de la Municipalidad. Primero eran unos pocos, luego cientos. Ya a esa altura se había suspendido el sorteo, por primera vez en la historia del proyecto, y todos velaban las luces encendidas del despacho del intendente y la secretaría de gobierno. Hacia la madrugada, miles de vecinos portando antorchas y estandartes con consignas diversas “No pasarán”; “En bolas pero libres”; “Barrio Marítimo Presente”; se prestaban a apoyar al intendente y resistir cualquier intento de intervención. Pero a pesar del apoyo popular, los rumores eran sombríos. Algunos habían visto un helicóptero aterrizar en el club de Golf, aparentemente portando tropas. Todos querían ver al intendente, pero nadie se asomaba a la ventana del segundo piso. De pronto sonó la sirena del cuartel de bomberos. Minutos más tarde pasaron dos autobombas raudas rumbo al río. La gente de desbandó tratando de ver qué sucedía. Aparentemente, ése fue el momento en que secuestraron al intendente, aunque algunos sostienen que se entregó para evitar derramamientos de sangre. Hacia las cinco de la mañana, el único rumor que circulaba era el de la renuncia del máximo líder comunal. Cuando la certeza de lo peor abarcaba los ateridos corazones de los vecinos, se anunció por la radio local la renuncia del intendente y su pedido de asilo en México. El gobierno provincial había intervenido el partido de Berazategui y un nuevo intendente se haría cargo del gobierno comunal. Más tristes que enfurecidos, los vecinos fueron dejando lentamente la plaza municipal, siendo reemplazados por los festivos locales partidarios de la intervención.

Cuando ya clareaba, unos desaforados hombres vestidos de traje descolgaron la tela del almanaque municipal y la prendieron fuego. Al día siguiente nadie escuchó la radio para saber qué día era. Pero no hacía falta: todos lo sabían.
Era lunes, otra vez.



jueves, 24 de diciembre de 2015

Luca Prodan: el traductor nacional (Feliz Navidad!)





El pasado 22 de diciembre se cumplieron 28 años de la muerte de Luca Prodan. El nuevo gobierno -que además de pretender llevarnos puestos a todos-, lo hace a toda máquina, no nos dio tiempo para postear algunas palabras. La navidad es una buena excusa, por el simple hecho de que Luca, entre muchas otras cosas, creó el hit argentino de "las fiestas" para varias generaciones de jóvenes perpetuos y heroicos sobrevivientes, bajo el amparo de la cultura rock.

Borges se pregunta en "El escritor argentino y la tradición": "¿Cuál es la tradición argentina? Creo que podemos contestar fácilmente y que no hay problema en esta pregunta. Creo que nuestra tradición es toda la cultura occidental, y creo también que tenemos derecho a esa tradición (...)". 

Y Gustavo Álvarez Núñez redobla la apuesta de la interrogación: "Pero qué sucede cuando el traductor es un extranjero que se instala en la Argentina y ante el estado existente de las cosas planta semillas desconocidas o poco tratadas en estos pagos. El desconcierto y la resistencia como la fascinación y la incomodidad obran como catalizadores de este personaje, ahora Luca Prodan, italiano educado en Gran Bretaña, que para limpiarse de un pasado de adicción a la heroína, descubre en la campiña cordobesa su bálsamo, su destino de cura y desintoxicación.

Pero Luca Prodan fue más que el traductor: él jugó el papel de importador, el que vino a subsanar la falta, la carencia. Frente a un rock argentino mojigato y atrasado, todavía deslumbrado por la rítmica y el virtuosismo del jazz rock, ataviado en su look hippie de jean gastado, pelo largo, remera desteñida y morral obligado, Luca Prodan introdujo al agrio y urbano Lou Reed, al chalón y apóstol Bob Marley, a los desolados y en carne viva Joy Division.

El cuadro desértico y conservador de principios de los años 80 puso a Luca Prodan como faro de la modernidad, convirtiéndolo en introductor de ideas musicales no practicadas ni tenidas en cuenta hasta ese momento en el rock argentino. Estaba la new wave revisitada por los hermanos Moura en Virus; estaba originándose el satélite Daniel Melero –quien verá desfilar por su sala de ensayo del barrio de Flores a muchos de los protagonistas del rock moderno de los 80, desde Gustavo Cerati a Richard Coleman y Ulises Butrón–; y estaban en plena combustión los orígenes del punk argentino con Los Baraja y Los Violadores –algo a tener en cuenta es que la importación de estilos muchas veces está ligada en un país periférico al bienestar económico y el buen pasar de sus "traductores"– como la intensificación de la horda heavy metal –Riff y V8–."

Norberto Cambiasso, por su parte, escribirá en el prólogo al libro "Luces Calientes" de Damian Damore: "El pasaje febril de las noches y los días de unos adolescentes fanáticos de Sumo que, persiguiendo incansablemente a sus ídolos por cuanta presentación se les ponga a tiro, reinventan un paisaje y trazan una línea imaginaria entre la Capital y el conurbano bonaerense. Al hacerlo, asoma una realidad diferente, ajena a nuestras urgencias cotidianas, suspendida en el significado renovado que le asignan a su peregrinaje.

Y hay que decir que Sumo se presta muy bien a este ejercicio. He aquí una banda con un cantante italiano y letras en lengua inglesa que muchos han postulado como representante insigne de nuestra condición ciudadana.

Un sortilegio de vivencias abigarradas que, en la medida en que nos comunica con el ambiente externo, termina también por transformar nuestras propias experiencias internas.

¿Y quién mejor que Luca para ilustrar ese estado de perpetua juventud que los rituales del rock, siempre repetidos pero siempre distintos, promueven en nuestra memoria?"

Luca Prodan observaba en el rock nacional mucho de "calco y copia", por eso dudaba que un virtuoso como Gustavo Cerati pudiera pelar con una guitarra criolla algo que le mueva el corazón (lo mismo dirá de Federico Moura), o que Los Violadores tenían mucho arreglo de "pelito así" para parecer un perfecto punk. Por eso admiraba más a Mercedes Sosa o Atahualpa Yupanqui.

Así es como un italiano que llegó a la Argentina a instalarse en las más tana de nuestras provincias (Córdoba), educado en la cultura inglesa y que cantaba rock en ingles, inventó en el Zero Bar el hit nacional que le permitió a varias generaciones bancar los trapos de las "felices navidades". Esas donde mamá e hijo con antifaz, disfrutan su noche de paz (tiempo después Ataque 77 completará la postal de la familia feliz con la presencia de un clásico de clásicos: "papá que llega borracho, como de costumbre...").

En otro lado le contó al mundo como eran las mañanas del gardeleano barrio del Abasto, introdujo a Chivilcoy de prepo en alguna canción, simplememte porque le gustaba ese nombre e hizo un fresco de un eterno personaje porteño que hoy vivirá el éxtasis de haber asaltado los cielos y haber llevado su "imaginación" al poder: la rubia tarada.

Para Luca fue simple el hit: “Lo hicimos porque estábamos locos. La hicimos punk y yo la canté en tres idiomas. Tocábamos esa noche de Navidad y así salió, en Zero Bar”. 

Y salió buenísima. Salud!



Como bonus track para los que se quedaron con ganas, vale la pena escuchar la cocina de Sumo, en este disco "póstumo" que tiene canciones grabadas en Córdoba en los años 1981, 1982 y 1983 y que se llama "Perdedores Hermosos" (Alto descubrimiento!, en su momento)


lunes, 9 de noviembre de 2015

Focus group conurbano para el balotaje



Ayer anduvimos por la Tercera del conurbano al fondo. Primero tuvimos que visitar una unidad básica de Pancho, para cumplir con una de las ceremonias. Estaba lleno de globos amarillos (y también blancos, pero más amarillos), y el “portavoz” habló mucho de los tiempos de cambio, pero puede ser pura paranoia (como esa que dicen que llamaron a votar “contra el narcotráfico” en octubre). Comentan que desde que agarraron la manija universal está mejorando la “construcción”, recuperaron contactos, están armando círculos de aspirantes y “renovaron el padrón”. Aunque tampoco para exultarse, puede ser una moda.

En el asado, lógicamente surgió el debate sobre el balotaje. Es bueno aclarar que es una "cultura política" donde es completamente verosímil la anécdota que relata Pablo Ramos sobre el diálogo con su padre cuando se le ocurrió preguntar, no por el origen de la tristeza, sino por el peronismo:

- ¿Qué es ser peronista, papá?
- Lo que vas a ser de acá hasta que te mueras o te rompo el culo a patadas. 

 
Más allá del “núcleo duro” que así como metió a Del Caño, ahora va por el blanco; en general los que estaban presentes votaban a Macri. Aunque paradójicamente no creían que pueda ganar. Gente laburante (plomeros, de la construcción, gasistas), hijos de inmigrantes de países limítrofes algunos; aunque con cierta “ética protestante” del que pasó mucho tiempo viviendo del cuentapropismo precario. Aunque hoy trabaje en fábrica. También docentes, esos que pasaron la “década ganada” escuchando los retos desde la cúpula del Gobierno. “Que estén 12 años cagándote a pedos y sembrando dudas sobre tu trabajo, te cansa un poquito”, comenta una voz. Y cuando tenés razón…

Mi sobrina (15) dice en un momento -con tono de broma, obvio- “yo crecí bajo la tiranía de los Kirchner” y desató la carcajada generalizada. Luego le pedimos las explicaciones del caso y contó que en realidad estaban estudiando “tiranía” (o sistemas políticos) en la escuela y que cuando la profesora explicó las características, un alumno preguntó si lo de “los Kirchner” era una tiranía. Le dieron las explicaciones correspondientes sobre el sistema representativo, republicano y federal, donde el pueblo no delibera ni gobierna, sino a través de sus representantes. No parecía muy convencido y a la salida algunos lo escucharon murmurar algo que no se sabe si fue "eppur si muove" o "igual, para mi es una tiranía". En las escuelas parece que no se está entendiendo la cruzada que el joven Patricio (el de la “tiranía de los Mussi”) lleva adelante con tanto esfuerzo y por el bien la patria.

Dimos nuestro punto de vista de rigor, tratando de desinflar el “globo” de que la ola de “cambio” no es muy distinta a la “ola” de continuidad. 

Algunos se quedaron pensando, o eso parecía. La tangente de “son todos lo mismo” (menos Del Caño) siempre es buena, para llegar hasta el final de la velada y no cagarse a puteadas en el intento.

Al final uno dice, “qué se yo, guita no le hacía falta. Es empresario, sabe cómo manejar el país”. E inmediatamente agrega: “pero además ya aprendieron todos estos. Cualquier cosa ahí nomás tenés del helicóptero y en dos meses te convertimos en De la Rúa". 

Más que “doble conciencia”, parece bipolaridad extrema o el camino sinuoso entre ideología y relación de fuerzas.

Pero bueno, aprovechamos para hacer este focus group casero. Aunque en realidad lo importante del día era el “primer concierto” de guitarra de mi sobrina (después de un año de estudio). En la casa cultural “Queruba” se tocó cuatro temas: uno de Los Piojos, uno de los Red Hot Chili Peppers y dos de Nirvana. Hace grunge conurbano, porque está convencida que el el rock de los 90’ not dead. 

Nosotros aplaudimos a rabiar como si estuviéramos en el Madison Square Garden. El concierto más hermoso del mundo, incluidos los cinco errores que no podían haber estado puestos en momento y lugar más oportunos. Para nosotros, fue sublime hasta en la forma de equivocarse. 

Porque después todo, la vida también es eso que pasa entre las generales y el balotaje.



sábado, 17 de octubre de 2015

Miren lo que dicen los de Dicen


El portal Artepolítica publicó una encuesta de la Consultora Dicen de Hilario Moreno del Campo y Fernanda Cancela.
Los de Dicen, dicen, entre otras cosas, que Del Caño está cuarto con el 5,6%, arriba de Margarita. Si es así (o parecido) se estaría confirmando lo que dicen acá.
Las cosas que dicen y andan diciendo los de Dicen... 
La encuesta puede verse ACÁ (CLIK)


martes, 1 de septiembre de 2015

Breve comentario sobre el Diario del exilio de León Trotsky

Ilustración de Sergio Cena tomada del N°22 de la Revista Ideas de Izquierda

Mi vida, la autobiografía de Trotsky y una de las mayores obras literarias del siglo XX, es una intervención política en el fragor de la batalla con el arma implacable de un implacable itinerario personal. Está dotada de la objetividad del partidista, del que “odia a los indiferentes”, y por eso mismo se caracteriza por el respeto a los hechos que conforman su derrotero, narrados desde un punto de vista político.

El Diario del exilio*, en cierta medida también tiene esa característica, pero posee el atractivo de los pasajes donde se vuelca un pensamiento espontáneo, casi en estado de sentimiento.

El análisis político de los sucesos franceses o noruegos está mejor desarrollado en los documentos y folletos (¿A dónde va Francia?, entre otros). Lo novedoso e interesante del Diario, son las vicisitudes de una agitada y a la vez calma vida cotidiana.

Una noche no puede dormir y escribe a la una de la mañana, por culpa de esa necesidad que “sufre” todo escritor a quien se le impone registrar las ideas que lo torturan en la cabeza.

Otro día nos cuenta que Natalia Sedova, su compañera de la lucha y de la vida, tiene una capacidad especial para sentir todas las tonalidades de la música, y eso le da envidia. La describe tiernamente, afirmando que todo su ser está hecho de musicalidad. E incluso que vive con una plenitud extrema y da a sus sentimientos una expresión “artística”. El secreto de ese arte está en la “profundidad, la espontaneidad, la perfecta pureza del sentimiento”. No podemos comprobar si Natalia Sedova alcanzaba ese estado ideal de vivir su vida en forma artísticamente pura, en todo caso, la conmovedora descripción delata que Trotsky era un gran intérprete de las pasiones sociales de su tiempo; pero también un hombre que no se privaba de amar con plenitud.

Antes había asegurado que la música es buena compañera cuando ayuda a tirar las ideas sobre el papel, pero es un poco molesta cuando se trata de elaborarlas.

Deja caer sus angustias por la tragedia francesa que -junto con la española- se estaba sumando a la alemana. Se compara con un “viejo médico” que está presenciando impotente como curanderos inescrupulosos e ignorantes de las leyes de la historia (reformistas y estalinistas), intervienen sobre los procesos humanos y en vez de aportar a su cura, aceleran su liquidación.

Plantea más crudamente la agudeza de las contradicciones de la convulsiva situación francesa. La alianza de los socialistas y radicales galos le recuerda sorprendentemente –por sus semejanzas- al bloque de los “kadetes” y mencheviques rusos de 1917. Sin embargo, lamenta las diferencias que son “desgraciadamente no menores”: a) que las organizaciones obreras conservadoras (SFIO, CGT) en Francia desempeñan un papel incomparablemente mayor que en la Rusia de 1917; b) que el bolchevismo fue referenciado vergonzosamente con la caricatura estalinista; y c) que toda la autoridad del Estado soviético fue puesta en marcha para desorganizar y desmoralizar a la vanguardia proletaria.

Mientras públicamente, en los folletos donde analiza la situación francesa apuesta con justeza al optimismo revolucionario, a factores como las facultades creativas y la tradición que el movimiento obrero francés lleva en sus venas; en el Diario muestra el sufrimiento angustiante de la inexistencia de un partido, que, cómo los médicos -y más con la experiencia de los “viejos”- no se forma de un día para el otro.

Percibe que Engels es más “humano” que Marx, y que lograr convertirse en el complemento de un genio o un titán es un hecho que no le quita nada, todo lo contrario, suma méritos a su figura histórica. Es mucho más que un discípulo, es alguien que logró llegar a la altura de dialogar con Marx de igual a igual. Relata que Lenin justamente admiraba a Engels por “lo que hay en él de orgánico y universalmente humano”.

“La vejez es la cosa más inesperada de las cosas que le suceden a un hombre”, confiesa con un dejo de melancolía. Complementando la sentencia irónica que toma de Lenin que había afirmado que el mayor vicio de un hombre es tener más de 55 años. Deja entrever una mayor preocupación por esta cuestión, antes que por la muerte, de la que habla con toda naturalidad, ya que algún día hay que “unirse a la mayoría” (join the majority, una frase de Paul Lafargue recordada también por Lenin)

“La vida es bella”, esa frase de película se complementa en el Diario con otra que asevera que “la vida no es fácil…” Porque “uno no puede vivirla sin caer en la postración o el cinismo, sino la domina una gran idea que se eleve por encima de la miseria personal (…)”. Bella no quiere decir fácil.

Alfred Rosmer dice que el Diario es un documento único porque en él Trotsky comunicará más de sí mismo de lo acostumbrado. Y un intelectual de la talla de Erich Fromm dirá que en el Diario “encontramos a un hombre modesto; orgulloso de su causa y de las verdades que ha descubierto”.

Estas grageas levemente íntimas aunque profundamente políticas, donde la ventaja reside en que el género habilita no someterse a ninguna obligación o regla literaria (como reconoce el mismo Trotsky), amplían el conocimiento un hombre de fuertes convicciones. Pero además, permiten confirmar que, por suerte, no era un “hombre de hierro” y que hay mucho en él de universalmente humano.


*León Trotsky, ¿Adónde va Francia?/Diario del exilio. Obras Escogidas N° 5. CEIP León Trotsky en coedición con el Museo Casa León Trotsky (México). 2013